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Gurúes y gobernantes

NUEVA DELHI – La elección general que se desarrolla por estas fechas en la India otorgó protagonismo no solamente al elenco usual de aspirantes políticos, jefes de campaña, publicistas y cazavotantes, sino también a toda una colección de astrólogos, numerólogos y sabihondos. Los candidatos han acudido en tropel a consultar la opinión de estos adivinos sobre todo tipo de asuntos, desde el minuto exacto en que debían inscribir su candidatura hasta la forma en que debían estar dispuestas las puertas de sus oficinas de campaña.

Al fin y al cabo, los indios se las arreglan muy bien para vivir en esa rara combinación de modernidad y superstición que los diferencia del resto. ¿En qué otro lugar del mundo se le da tanta importancia a la carta astrológica de las personas, esa misteriosa base de datos celestial que determina oportunidades vitales, perspectivas matrimoniales y disposición a correr ciertos riesgos? Una vez escribí que un indio sin horóscopo es como un estadounidense sin tarjeta de crédito. Observación que no muestra signos de estar perdiendo vigencia en el siglo XXI.

Es una realidad que parece especialmente arraigada en la política india. Como hinduista creyente que soy, no puedo ponerme como ejemplo de racionalidad pura. Pero sigo sorprendiéndome cuando la ceremonia de jura de un ministro se demora porque un astrólogo le dijo que la hora prevista no era propicia, o cuando el acto de formalización de una candidatura se hace en el último minuto posible, para evitar las influencias malignas de los astros a otras horas del día. Ambas cosas suceden a menudo en la vida política de la India.

Y no es que solamente la hora de jura para el cargo dependa de lo que diga un astrólogo; los astros también deciden el momento en que el ministro tomará posesión de su oficina y asumirá sus tareas. Muchos ministros no se presentan a trabajar sino muchos días después de la jura; mientras tanto, los expedientes esperan hasta que se dé una conjunción de planetas más favorable. La superstición también puede influir en la elección de la oficina del ministro, su vivienda y su mobiliario, que será guiada (e incluso dirigida) por gurúes y sabihondos, sobre la base de principios ancestrales pero sin fundamento científico.