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Compartir la carga de tiempos difíciles

PRINCETON – El abatimiento económico que ha envuelto, como una mortaja, el mundo en 2008 ha movido a muchos a preguntar si la aparente prosperidad que la precedió era real. Sabemos que en países tan diversos como China, la India, Rusia y los Estados Unidos, el número de multimillonarios aumentó desmesuradamente. Dicho de forma más general, el 1 por ciento que ocupa la cumbre prosperó, pero la distancia entre los ricos y los pobres aumentó y, al menos en los EE.UU., las rentas de los pobres y de la clase media se estancaron.

No es de extrañar que ahora muchos se muestren escépticos sobre los planes financiados con cargo a los contribuyentes para rescatar bancos, compañías de seguros e incluso fabricantes de automóviles. ¿Se tratará de otro caso en que los políticos velen por que, incluso en tiempos difíciles, a la minoría adinerada que los apoya le vaya mejor que a los demás?

Pero, al evaluar los beneficios logrados por el crecimiento económico, constituye un error centrarse en si la diferencia entre ricos y pobres aumentó o disminuyó. Si la renta anual de una persona aumentó de 300 a 500 dólares, puede ser suficiente para sacarlo de la pobreza extrema y su bienestar y el de su familia será mucho mayor. Al mismo tiempo, si la renta de una persona que gana un millón de dólares aumentó en 100.000 dólares, la diferencia de rentas habrá aumentado, pero, como 100.000 dólares no cambian en gran medida el bienestar de una persona que gane un millón de dólares, la diferencia en bienestar habrá disminuido.

Yo creo que, en cualquier caso, no deberíamos centrarnos en la desigualdad. Deberíamos dar prioridad a la reducción del sufrimiento innecesario, por lo que la verdadera pregunta que debemos hacer es ésta: ¿mejoró la situación de los pobres con el crecimiento económico de los últimos años?