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Sirviendo a dos amos

Se habla mucho de corrupción en los países subdesarrollados (y en algunos desarrollados). Antes se decía que la corrupción generalmente se encontraba entre las filas de los servidores públicos, y eso se utilizó como una justificación parcial para las privatizaciones, sobre todo en los países en desarrollo. Sin embargo, quienes vitorean al sector privado no contaron con la capacidad de los directores de las empresas para involucrarse en prácticas de corrupción a una escala casi incalculable, cosa que el capitalismo corporativo de Estados Unidos ha demostrado con amplitud últimamente.

La corrupción de los empresarios hace que la de los insignificantes burócratas gubernamentales, quienes se roban algunos míseros miles (o incluso millones) de dólares parezca juego de niños. Los niveles de robo que alcanzaron quienes saquearon a Enron, Worldcom y otras corporaciones son de miles de millones de dólares, más que el PIB de muchos países.

Mi trabajo de investigación de los últimos treinta años se concentró en la economía de la información. Con una información perfecta (algo que la economía tradicional asume, pero que quienes defienden el libre mercado no comprenden totalmente) esos problemas nunca hubieran ocurrido. Los accionistas se habrían dado cuenta de inmediato de que los libros estaban alterados y habrían castigado sin miramientos los precios de las acciones de la compañía culpable.

Sin embargo, la información nunca es perfecta. Debido a incentivos fiscales y a prácticas contables inadecuadas, las empresas premiaban generosamente con acciones a los ejecutivos. Teniéndolas en el bolsillo, los directivos de las compañías podían asegurarse buena paga sin hacer nada en beneficio de las finanzas de la empresa. Todo lo que tenían que hacer era inflar el precio de las acciones y después venderlas. Era un sistema casi demasiado bueno para ser cierto: mientras los ejecutivos recibían millones de dólares, nadie parecía estar cargando con los costos.