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Once de septiembre del 2002

Durante el año que transcurrió desde los ataques terroristas del 11 de septiembre pasado, muchos de nosotros hemos mirado al espejo en repetidas ocasiones para preguntar: ¿Qué ha cambiado? La impresión y la tristeza siguen con nosotros, pero también hay un claro sentido de que nos enfrentamos a retos -como individuos y como civilización- que hace un año eran desconocidos.

Pero aún más inquietante que eso es el hecho de que reconocemos que Estados Unidos (EEUU) o cualquier otro país podría ser atacado por sorpresa una vez más y eso nos hace preguntarnos si tal evento será igual o excederá los horrores del año pasado. Todos fuimos lastimados y estamos convencidos de que hay gente que, después de afilar su maléfica audacia al máximo, está planeando herirnos de nuevo.

En la memoria, entonces, las Torres Gemelas todavía se yerguen en las alturas, todavía proyectan una sombra sobre nuestras vidas. Lo que les sucedió era inimaginable hasta que, por una acción deliberada, se volvió realidad. En contra de todas las expectativas, y contra nuestros deseos, esta violencia nos puso frente a frente con opciones que no habíamos vislumbrado antes.

De muchas formas, esa es la historia del siglo XX. La violencia y la brutalidad que alguna vez estuvieron más allá del reino de las posibilidades ahora nos parecen de lo más común. Al adaptarnos al más novedoso horror, concluímos -en repetidas ocasiones y a pesar de que todo señala lo contrario- que hemos finalmente visto todo lo que podría verse. Pero entonces viene de nuevo la conmoción cuando descubrimos que la imaginación no nos bastó: había cosas peores adelante.