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Seguridad en Tiempos de Odio

Después de las bombas suicidas palestinas y el asesinato masivo y suicidio colectivo que tuvo lugar el pasado 11 de septiembre, el mundo sigue intentando redefinir lo que significa la seguridad. Conocemos suicidios masivos de sectas religiosas y suicidios individuales en operaciones militares. Nunca antes, sin embargo, se habían combinado los dos a una escala tan devastadora. Nunca antes fuimos testigos de una operación militar cuyos participantes aceptan su propia muerte no sólo como una mera posibilidad, sino como una consecuencia inevitable y, sin duda, deseada.

El asesinato suicida masivo es resultado del odio organizado, el deseo incondicional de hacerle daño a un enemigo no por lo que tiene (como por envidia) o por lo que hace (con enojo), sino por lo que es. Lo que una persona o un grupo tiene o hace puede ser cambiado por redistribución o sanciones, pero lo que es, puede sólo ser eliminado.

Como un acto de expresión de la manía religiosa, el odio organizado tiene sus raíces en la revelación colectiva del orden divino y las responsabilidades que de él surgen, así como en la promesa de recompenza eterna para aquellos que estén incondicionalmente comprometidos con la realización del plan de Dios. La envidia, el enojo y la tristeza son lastimeros, pero el odio puede venir acompañado del placer personal que brinda una misión heróica.

Se ha intentado en incontables ocasiones asignar el odio de los atacantes del 11 de septiembre a algo más: seguramente, el poder económico y hegemonía política globales de Estados Unidos (EU) por lo menos nutrieron las condiciones en las que tal odio podía desarrollarse. ¿No ha hecho la administración de EU algo similar al hablar de su "visión de un estado palestino" y en ocasiones criticando la política israelí con una severidad hasta ahora no vista?