1

Los iraquíes no pierden la esperanza

BAGDAD – Ya pasaron diez años desde el derrocamiento de Saddam Hussein, que se produjo después de más de tres décadas de tiranía. Tras la caída de Saddam, los iraquíes soñaron construir un nuevo Irak, próspero y democrático. Había un deseo casi unánime de un país en paz consigo mismo y con sus vecinos, y de una constitución que defendiera los derechos humanos básicos y el estado de derecho.

Pero Estados Unidos y sus aliados, sin una visión coherente del futuro de Irak, y mucho menos una política razonable para la etapa posterior a Saddam, declararon a Irak país ocupado y encargaron su conducción a un administrador designado por Estados Unidos, que al poco tiempo decidió desmantelar todas las instituciones de seguridad, militares y de prensa existentes. También introdujo una ley de desbaazificación del país, que proscribió de ocupar puestos públicos (sin derecho a apelación) a miembros del partido Baaz y dejó el camino abierto para la llegada del sectarismo y, finalmente, el desorden y la violencia civil.

Estos lamentables (y a la larga, desastrosos) acontecimientos dejaron a Irak, un país estratégico situado en el corazón de una región del mundo convulsionada y a la vez vital, apoyado sobre cimientos inestables. A lo largo de los diez años de agonía que siguieron, el país pasó por sucesivas etapas de desmanejo que lo fracturaron y destruyeron los sueños de los iraquíes, que veían a su amada patria deslizarse una vez más hacia el autoritarismo, mientras la constitución era objeto de violaciones casi a diario. El mundo observaba aparentemente incapaz de hacer nada.

La última elección general celebrada en Irak en 2010 trajo consigo esperanzas de recuperación, al alcanzarse un acuerdo de coparticipación del poder entre las comunidades sunita, shiíta y kurda, que supuestamente garantizaría que el país no cayera otra vez en la dictadura. En esas elecciones había surgido como bloque mayoritario el Movimiento Nacional Iraquí (que lidero). Pero a pesar del resultado, acordamos renunciar al liderazgo que nos otorga la Constitución, convencidos de que la coparticipación del poder y el respeto por los derechos de todos los iraquíes son la única fórmula para gobernar el país democráticamente. Sin embargo, estas esperanzas pronto se desvanecieron, cuando quien ocupa el cargo de primer ministro de Irak desde hace dos mandatos, Nuri Al Maliki, se negó a respetar dicho acuerdo.