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El dilema iraquí de Arabia Saudita

Arabia Saudita rompió filas con respecto a la oposición del mundo árabe a una acción militar contra Irak, cuando el Ministro de Exteriores Saud al-Faisal anunció que el reino permitiría el uso de sus bases militares si la ONU autoriza un ataque a Irak. La prensa oficial saudita explica que la nueva postura es el reflejo del deseo del gobierno de cumplir con las resoluciones del Consejo de Seguridad. Pero esto también pone en evidencia la creciente sensación de fragilidad interna y vulnerabilidad externa del régimen saudí.

La presión interna sobre la familia real saudí, los al-Sauds, surge de una amplia oposición a cualquier guerra contra Irak, así como a la presencia militar de Estados Unidos. El disenso proviene no sólo de la calle, sino también de la dirigencia religiosa wahhabí, aliada tradicional de los al-Sauds y fuente de su legitimidad. La presión externa proviene específicamente de Estados Unidos, principal protector estratégico de Arabia Saudí.

Los al-Sauds están ante una difícil disyuntiva. Temen que la cooperación con Estados Unidos no les garantice una estabilidad a largo plazo y les preocupa que hacer concesiones en una causa tan fundamentalmente "árabe" como es Irak debilite aún más su legitimidad local.

El grado de erosión que sufra su legitimidad dependerá no sólo de si se emprende una guerra contra Irak, sino de lo que ocurra durante la intensificación de gestiones y los preparativos para la guerra: las luchas de propaganda y en los medios de comunicación, y las alianzas políticas que se forjen. Si tiene lugar un ataque a Irak, el régimen saudí no quiere verse marginado cuando los Estados Unidos se lance a su política de "cambio de régimen"; tampoco quiere ser su próximo objetivo. Así es que, de entre un conjunto de malas opciones, la menos mala parece ser cooperar con EEUU