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Hacia una usina del Cinturón de Óxido

LONDRES – Hace unos días, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, recurrió a Twitter -su medio preferido- para declarar que no necesitaba del permiso de China para contactar a Taiwán, porque China no le pedía permiso para devaluar su moneda. En ese momento, mi esperanza de que el cambio radical personificado por Trump fuera económicamente beneficioso para Estados Unidos disminuyó. 

Creo que las economías desarrolladas necesitan una sacudida para dejar atrás su malestar post-2008 y su excesiva dependencia de una política monetaria laxa. Dada la tendencia de Trump a  alborotar las cosas, parecía un buen candidato para la tarea. Pero si la alteración de Trump realmente fuera a ayudar a Estados Unidos, necesitaría centrarse en los puntos económicos esenciales, más que en memes populistas simplistas -y muchas veces falsas.

A juzgar por sus acusaciones contra China, parece que Trump simplemente está agitando el bote y exasperando a sus seguidores -no impulsando ningún tipo de agenda constructiva-. Después de todo, cualquier observador razonable de China -incluidos algunos de los propios asesores de Trump, con quienes he trabajado en el pasado- sabe que el país no ha devaluado su moneda por algún tiempo.

Es cierto, el renminbi chino ha caído recientemente frente al dólar, pero no tanto como el yen japonés, el euro o la libra británica -y esas caídas han sido impulsadas por una confianza relativa en la economía estadounidense-. En cualquier caso, los chinos tienen una política de tipo de cambio ponderada según la balanza comercial, que no se basa en mantener el renminbi en algún nivel previsto en relación al dólar.