Project Syndicate

Los valores familiares de Putin

LONDRES – La atención excluyente al Mundial de fútbol (durante el cual se prevé que alrededor de un millón de aficionados extranjeros, muchos de ellos europeos o estadounidenses, se congregarán en Moscú y otras ciudades rusas) amenaza con enmascarar el grado de alejamiento que hay entre Rusia y Occidente. De hecho, las relaciones entre ambas partes hoy son puramente funcionales; ha comenzado una nueva Guerra Fría.

¿Habrá sido la esperanza de que la Rusia post‑soviética se “uniera a Occidente” una mera ilusión? Algunos escarban hondo en la historia rusa en busca de respaldo para esta conclusión, e invocan el yugo tártaro y la ausencia de una “ilustración”. Otros ven el distanciamiento como algo más contingente.

Por ejemplo, en su reciente libro China and Russia: The New Rapprochement [China y Rusia: el nuevo acercamiento], el politólogo ruso Alexander Lukin sostiene que aunque China tiene más conflictos territoriales con Rusia que con ningún otro país, el giro del Kremlin hacia Beijing fue un “resultado natural”. En su carácter de superpotencia vencida, Rusia trató de crear un contrapeso al vencedor.

Esto no era inevitable. Según Lukin, tras el derrumbe de la Unión Soviética, Occidente tenía dos opciones: una era hacer un intento serio de integrar a Rusia al mundo occidental sumándola a la OTAN y ofreciendo un nuevo Plan Marshall; la otra era ir cortando un pedazo tras otro de este “centro del mundo hostil”, como lo denomina el autor. Finalmente, dice Lukin, la dirigencia occidental eligió la segunda opción: amplió la OTAN y la Unión Europea, sin prestar ninguna atención a los liberales rusos que advirtieron de que estas políticas fortalecerían el autoritarismo ruso.

Según esta explicación, las reacciones rusas deben considerarse mayoritariamente defensivas. Dice Lukin: “Rusia se anexó Crimea en respuesta (…) al intento obvio de la OTAN de acercarse demasiado a las fronteras rusas y expulsar a la flota rusa del Mar Negro”. Pero hasta qué punto esto era obvio es debatible: ninguna gran potencia dentro de la OTAN pedía el ingreso de Ucrania, ni tampoco lo pedía la dirigencia ucraniana.

Lukin es un exponente de la doctrina “realista” de las relaciones internacionales, que sostiene que los estados soberanos siempre intentarán regular sus relaciones según el principio de equilibrio de poder. El intento occidental de consolidar su victoria en la Guerra Fría era tan predecible como el intento ruso de revertirla.

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En cambio, la idea general en Occidente es que los estados ahora se comportan (o deberían hacerlo) según los principios del derecho internacional. Es un viejo debate. En su clásico estudio de 1939 La crisis de los veinte años, el historiador E. H. Carr sostuvo que el derecho internacional siempre es defendido por potencias “satisfechas” y desafiado por potencias que esperan cambiar el sistema internacional a su favor.

Hoy, Occidente sanciona a Rusia por violar el derecho internacional, y Rusia acusa a Occidente de intentar desmembrar “su” espacio. La nueva guerra fría no terminará hasta que uno de los dos abandone sus ambiciones, o hasta que ambas partes empiecen a ver intereses comunes importantes.

En Russia and the Western Far Right [Rusia y la ultraderecha occidental], el académico ucraniano Anton Shekhovstov explica de otro modo el distanciamiento de Rusia respecto de Occidente (pero también lo considera contingente). El autor lo ve como la respuesta paranoide de la “cleptocracia autoritaria” de Rusia a los (escasamente vigorosos) intentos de Occidente de defender la independencia de nuevos estados soberanos como Ucrania y Georgia. El régimen del presidente Vladimir Putin urdió un relato que describe estos intentos como una amenaza a la integridad del espacio y el alma de Rusia.

Para Putin, el punto de inflexión fueron las “revoluciones de colores” de 2004 y 2008 en Ucrania y Georgia, respectivamente. Lo que no explica Shekhovstov es cómo la “cleptocracia autoritaria” logró establecerse y por qué conserva el apoyo de la mayoría de los rusos.

Parte de la razón ha de ser económica. A fines de los ochenta, los reformistas rusos se apresuraron a abrazar el liberalismo económico, que ya no era la anterior economía keynesiana de los cincuenta y sesenta, sino el neoliberalismo de Milton Friedman y Margaret Thatcher. La consecuencia inmediata de intentar implementar estas doctrinas en Rusia fue el colapso económico.

Es verdad que los reformistas (encabezados por Yegor Gaidar, primer jefe de gobierno poscomunista de Rusia) enfrentaban alternativas terribles, ya que el Estado poscomunista estaba prácticamente desintegrado. Sin embargo, su fe religiosa en la privatización, en la libertad de mercado irrestricta y en el monetarismo los llevó a una venta apresurada de bienes públicos, a una desregulación imprudente y a una deflación salvaje. De esta catástrofe económica surgió la cleptocracia de Putin.

Al adoptar el neoliberalismo económico tan a rajatabla, los liberales políticos rusos perdieron toda oportunidad de convertirse en los herederos del comunismo. Se podrá decir que no tuvieron tiempo suficiente. En cualquier caso, el daño político que le hicieron a la causa liberal fue demasiado grande para que lo reparara una posterior recuperación económica.

El libro de Shekhovstov es particularmente interesante por la explicación que da de cómo el régimen de Putin y los populistas de derecha europeos han hecho causa común contra el orden global encabezado por Estados Unidos y secundado por la UE. Los populistas imaginan una telaraña en cuyo centro reside una criatura llamada “capitalismo financiero”, insensible a las fronteras y a los empleos, y aliada a una élite liberal que impone a poblaciones “sanas” una agenda de matrimonio homosexual y otras supuestas “abominaciones”. A partir de 2011‑2012, Putin (que cuando llegó al poder sólo era un tecnócrata oportunista) hizo propia esta retórica.

Shekhovstov sostiene que con el ascenso de los partidos populistas en Europa, el régimen de Putin tiene por primera vez interlocutores occidentales poderosos. Matteo Salvini, el líder de la Liga italiana y ahora ministro del interior del gobierno de coalición de Italia, recuerda así la cálida atmósfera de su encuentro con Putin en 2014: “Hablamos de las absurdas sanciones contra Rusia introducidas por la cobarde UE que defiende los intereses, no de sus propios ciudadanos, sino de la oligarquía económica” y sobre “temas importantes que van de la protección de la autonomía nacional al combate contra los inmigrantes ilegales y la defensa de los valores tradicionales”.

De modo que hay una convergencia entre los valores rusos y los occidentales, al menos para algunos en Occidente. Desde la crisis económica de 2008‑2009, el globalismo y las reglas y normas económicas que lo sustentan han sido cuestionados no sólo por el presidente estadounidense Donald Trump, sino también por los populistas en ascenso en Europa. Quienes votan por ellos se sienten “abandonados”, no sólo económicamente sino también culturalmente. Vemos así la curiosa fusión del proteccionismo y el conservadurismo cristiano.

Todo esto es música para los oídos de Putin, ya que señala un Occidente que ya no se opone implacablemente a las prácticas de su régimen. No es extraño que el Kremlin haya cortejado (y financiado) a partidos populistas de toda Europa.

La alianza táctica entre el Kremlin y los populistas alienta el sueño de una unión ideológica extendida “desde Lisboa hasta Vladivostok”, basada en valores, no occidentales, sino “eurasiáticos”. Que semejantes proyectos geopolíticos estén pasando de los márgenes al centro de la escena debería ser motivo de reflexión.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/PynIXew/es;

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