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El camino al futuro de Rusia pasa por Ucrania

MOSCÚ – Una vez más, Rusia y Occidente se están desencontrando mutuamente. La atracción y repulsión magnéticas entre ambos ha existido por siglos. De hecho, los historiadores han llegado a contar 25 de estos ciclos desde el reinado del Zar Iván III.

Sin embargo, en el pasado los agudos giros antioccidentales de Rusia se invertían -por lo general, por simple necesidad- una vez que las relaciones llegaban a un punto que no podía empeorar más. No ocurre así esta vez. Por el contrario, el deterioro de las relaciones en la actualidad ha tomado un ritmo propio.

Hay cuatro razones para ello. Primero, la "pérdida" de la Guerra Fría, y con ello el estatus de superpotencia imperial, ha creado una crisis profunda y hasta ahora no resuelta en la mentalidad colectiva de la clase política de Rusia. Los líderes rusos siguen percibiendo a Occidente como un enemigo fantasma, en oposición al cual todas se están resucitando todas las mitologías tradicionales de la política exterior rusa.

En segundo lugar, al finalizar el segundo periodo presidencial de Vladimir Putin, los sueños de modernización de Rusia se han visto golpeados. De hecho, la modernización sencillamente terminó siendo otra redistribución de la propiedad de quienes tienen el poder, particularmente de aquellos que proceden de cargos municipales de San Petersburgo y de la Oficina de Seguridad Federal (FSB). La imagen de Occidente como enemigo se ha convertido en la única excusa ideológica para el modelo de Putin de un estado corporativo.