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La ambivalente herencia musulmana de Rusia

En su reciente visita a Bruselas, el Presidente ruso Vladimir Putin desconcertó a los líderes europeos y también a los periodistas con sus comentarios acerca del deseo islámico de fundar un califato global. Sensacional en su retórica, Putin presenta la brutal guerra de Rusia contra los chechenos como la contribución de su país a la lucha internacional contra el terrorismo islámico. Pero, ¿lo es realmente?

Los intentos de Rusia por someter la insurreción chechena son sólo otro sangriento capítulo de una política colonial de dos siglos, que comenzó con la subyugación por parte de los rusos de los pueblos montañeses del Cáucaso, en una cruel guerra que duró treinta años. Esta guerra se prolongó hasta bien entrada la temprana era soviética y, en 1944, la población chechena completa fue deportada por la fuerza a Asia Central.

Cincuenta años después, el Presidente Yeltsin reanudó la guerra cuando los chechenos hicieron un nuevo intento de independencia. De modo que, desde una perspectiva histórica, es más correcto comparar la actual guerra de Chechenia con las otras grandes guerras de la era de la descolonización, particularmente la sangrienta guerra francesa en Argelia, que verla como un "Choque entre civilizaciones" o una guerra al terrorismo.

De todos modos, las combativas y arruinadas ciudades de Chechenia proyectan una sombra sobre el encuentro de Rusia con el mundo islámico, relación que de otra manera sería mucho más compleja. De hecho, los chechenos son sólo una fracción de los 13 millones de musulmanes que viven en Rusia, 9% de la población total.