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Disuasión mutua asegurada

MOSCÚ – La degradación de la gobernancia al interior del sistema internacional es un tema candente hoy en día -y con motivos suficientes-. Los pilares del orden mundial basado en reglas se están desmoronando y las normas básicas de comportamiento y decencia internacional están en decadencia. Casi por definición, parecemos estar viviendo en un tipo de mundo peligroso -inclusive de pre-guerra.

Las relaciones entre Rusia y la Unión Europea, y con Estados Unidos, el aliado cercano de la UE, son cada vez más frágiles. Ha habido un esfuerzo por lidiar con una dinámica de poder cambiante en Europa al repararse la división político-militar entre la OTAN y Rusia -esta vez, unos 965 kilómetros al este de donde estaba durante la Guerra Fría-. Pero esa estrategia ha creado nuevos peligros, particularmente en vista de la propia fragilidad de la UE, y es poco probable que resulte exitosa.

En términos más generales, el orden mundial unipolar, con Estados Unidos como poder hegemónico, se está desvaneciendo. Por supuesto, ese orden distaba de ser perfecto. Por el contrario, fue una causa de desorden de gran escala, en particular a través del respaldo por parte de Estados Unidos del cambio de régimen en países cercanos y lejanos. El caos creciente en Oriente Medio ejemplifica los defectos de esta estrategia. 

No obstante, existen temores sobre qué reemplazará ese orden liderado por Estados Unidos, para no mencionar cómo se llevará adelante la transición. El tumulto político que enfrentan muchos países desarrollados, inclusive el propio Estados Unidos, agrava esos temores. La imposibilidad por parte de las fuerzas moderadas del establishment de entender las fuerzas que hoy hacen mover al mundo, desde la digitalización hasta la globalización, y responder en consecuencia, derivó en un vacío de gobernancia, que ahora ha dado lugar a un vacío moral e intelectual.

Pero hay motivos para creer que un nuevo orden global puede estar asomándose en el horizonte -un orden con el potencial de ser más estable y ordenado de lo que fue alguna vez la Pax Americana-. Un pilar clave de ese orden será Rusia. 

Después de haber perdido cualquier esperanza que haya podido albergar de construir amigablemente un orden mundial justo y estable, Rusia recientemente restableció su poder duro. Ha utilizado ese poder, en primer lugar, para frenar la expansión de la OTAN en territorios que Rusia considera vitales para su propia seguridad, evitando así la guerra de gran escala que la expansión inevitablemente habría traído aparejada; y, en segundo lugar, para impedir otro esfuerzo occidental ilegítimo destinado a generar un cambio de régimen, esta vez en Siria (donde Rusia ha demostrado tanto poder militar como proeza diplomática).

Con estas acciones, Rusia ha disminuido la sensación de invencibilidad que, desde el fin de la Guerra Fría, ha llevado a Occidente a querer implementar políticas que provocaron un conflicto internacional y minaron su propia autoridad moral y poder blando. En este sentido, Rusia se ha restablecido como una influencia de equilibrio dentro del orden global. (Sea verdad o no, la acusación de que Rusia, mediante el uso de tácticas cibernéticas y propaganda, puede haber logrado minar las instituciones occidentales, e inclusive la democracia norteamericana, no hace más que reforzar esta interpretación).  

Por supuesto, la sensación de invencibilidad de Occidente ya estaba bajo asedio en casa y un ejemplo es la proliferación de desafíos políticos para las elites del establishment que han promovido la agenda estratégica pos-Guerra Fría. La victoria ideológica que alcanzaron con la caída de la Unión Soviética no fue permanente.

Hoy esto debería servir como advertencia para Rusia. Si bien el país puede parecer estar del "lado correcto de la historia" -algo que la Unión Soviética nunca pudo decir- el triunfalismo es un error. No hay un "fin de la historia". Y ni siquiera el actor más resuelto puede construir un orden global estable, pacífico y sostenible por sí solo.

Es por eso que es una buena noticia que Rusia y China hayan estado trabajando recientemente para construir una asociación cada vez más robusta. Y también es por eso que habrá que ocuparse de la profunda desconfianza entre Rusia y Estados Unidos -que, a pesar de su hegemonía perdida, sigue siendo un actor geopolítico esencial.

Las tres mayores potencias del mundo -la "gran troika"- deben juntarse para crear las condiciones para una transición pacífica hacia un nuevo orden mundial, más estable. La idea no es nueva; de una u otra manera, una gran troika ha sido propuesta por personajes como Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski. Ante todo, un acuerdo trilateral puede ayudar a aliviar las tensiones de las relaciones bilaterales.

La clave para el éxito hoy será dejar de lado la obsesión por los acuerdos de control de armamentos, que han resultado impotentes una y otra vez, y en cambio iniciar un diálogo de tres vías, difícil pero crucial, sobre cómo mejorar la estabilidad estratégica internacional. Deben considerarse todos los elementos de seguridad -desde las armas nucleares y la seguridad informática hasta la política-, al servicio del objetivo dominante de fortalecer la disuasión multilateral mutua.

Llegado el caso, la troika podría expandirse para incluir a otros actores reales y soberanos en un nuevo "concierto de naciones". A pesar de su eventual fracaso, el último concierto de esa naturaleza, creado en el siglo XIX, garantizó una paz relativa y sustentó un progreso impresionante durante casi un siglo. Un concierto de naciones del siglo XXI podría tener un impacto similar, aunque necesitaría estar sustentado por una disuasión nuclear mutua y multilateral.

Un nuevo orden mundial está empezando a evolucionar. Pero el proceso hasta ahora ha demostrado ser lento y caótico, y estar plagado de riesgos. Durante este tiempo peligroso, deberíamos recordar cómo sobrevivimos a otro tiempo peligroso. Hoy, como durante la Guerra Fría, la disuasión mutua puede salvar al mundo.