Ronald Reagan Putin

El 22 de mayo se reunirán dos liberales de mercado libre en el Kremlin: uno de ellos es un expetrolero, hijo de un presidente estadounidense, el otro es un exagente de la KGB, hijo de un hombre de mantenimiento de San Petersburgo. A pesar de sus muy distintos antecedentes, el presidente George W. Bush y Vladimir Putin están forjando una admirablemente cercana asociación. En efecto, la cooperación en la guerra internacional contra el terrorismo, el reciente acuerdo para reducir depósitos enteros de las existencias de armas nucleares y el reacercamiento de Rusia con la OTAN parecen ser sólo el inicio de un proceso que todos los días profundiza la integración de Rusia con Occidente.

Pero es en el ámbito económico, sorprendentemente, en donde los dos hombres parecen compartir más terreno. El presidente Bush podría estar tentado a creer que el actual éxito económico de Rusia es puramente resultado de los altos precios mundiales del petróleo. Pero aparte de los precios, la diferencia entre cómo eran administradas las empresas petroleras rusas a inicios de la década de 1990 y cómo son administradas ahora es demasiado dramática como para ignorarla. Lo mismo sucede con las mejoras administrativas en la industria alimenticia que han disparado la producción y la calidad. En toda la economía, los recursos fluyen finalmente al sector de mercado, que es más eficiente y está mejor organizado que nunca, en lugar de fluir a los muy mal administrados dinosaurios industriales soviéticos.

Para quienes conocen Rusia ese es un impresionante acontecimiento. Hace cuatro años, las grandes compañías rusas estaban interesadas en los subsidios estatales, no en las reformas estructurales. Ahora, los líderes de negocios creen que la capitalización de sus empresas a través de los mercados accionarios depende del clima de inversión. El valor de sus activos les importa. Quieren saber cuánto pueden pedir prestado en el extranjero o a qué precio podrían ser vendidas las acciones de sus firmas en Nueva York o en Londres.

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