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Rock contra las dictaduras

NUEVA YORK – Después de la visita refundacional del presidente Barack Obama a Cuba, un concierto gratuito de los Rolling Stones en La Habana puede parecer un hecho relativamente menor. Obama revivió las relaciones con Cuba tras más de medio siglo de profunda hostilidad. Lo de los septuagenarios Stones solo fue tocar música a todo volumen.

Y sin embargo, en el plano simbólico el concierto no fue insignificante. Para comprender la importancia de la actuación de los Stones frente a cientos de miles de cubanos enfervorizados, hay que comprender lo que significa el rock and roll para la gente que vive bajo dictaduras comunistas.

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Por ejemplo, en los años setenta Checoslovaquia (como otros estados comunistas) era un lugar sombrío, opresivo y triste, donde los mercenarios del partido llevaban la voz cantante y un manto de conformismo a la fuerza asfixiaba toda creatividad. Al rock and roll se lo consideraba una forma nociva de decadencia capitalista. A fines de los setenta, los miembros de una banda de rock local llamada Plastic People of the Universe, que cantaban en inglés, fueron arrestados por “alteración del orden público”. Los discos de los Rolling Stones y otros grupos occidentales estaban prohibidos.

Aun así, esos discos se contrabandeaban a Checoslovaquia y otros países de Europa del este, donde los atesoraban jóvenes aficionados al rock, entre ellos el dramaturgo disidente Václav Havel, quien luego se convertiría en presidente del país. Los sonidos prohibidos (ruidosos, anárquicos, sensuales) ofrecían un modo de escapar de la monotonía de una normalidad impuesta a la fuerza. El rock and roll permitía a la gente imaginar cómo sería ser libres, aunque fuera por breves momentos. Por eso, las autoridades lo consideraban profundamente subversivo.

Los fanáticos del rock en las democracias occidentales escuchaban a grupos como los Rolling Stones, Velvet Underground o Frank Zappa y The Mothers of Invention solo por gusto. Aunque las estrellas del rock a veces soltaran consignas políticas, no pasaban de ser consideradas exhibicionismo frívolo. No así en países como Checoslovaquia, donde la música (más que el exhibicionismo) era expresión de una rebelión auténtica. De hecho, la defensa del grupo Plastic People of the Universe se convirtió en causa pública para disidentes como Havel, y desembocó en la creación del movimiento checoslovaco Carta 77.

Cuando Havel ofreció a Zappa un puesto oficial en su gobierno democrático tras la caída del régimen comunista, Zappa quedó tan sorprendido como el que más. Pero el gesto era muestra de lo mucho que significaba su música para personas como Havel, que tenían que escucharla en secreto, con riesgo de ser arrestados.

El papel del rock en los países situados detrás de la Cortina de Hierro fue bellamente dramatizado por Tom Stoppard en su obra de 2006 Rock ‘n’ Roll, en la que un personaje similar a Havel, llamado Ferdinand (como personajes homónimos de las obras de Havel), alaba la música como forma suprema de resistencia política. Otros personajes de la obra se mofan de la idea, considerando la subversión musical como algo banal. Pero está claro que Stoppard, como Havel, no concuerda. La obra termina con el histórico concierto que dieron los Rolling Stones en Praga en 1990.

El rock es música extasiante. El éxtasis permite a las personas dejarse llevar. Esto no siempre es bueno: la histeria de masas en los desfiles nazis también era una forma de éxtasis, como la conducta de las multitudes en los estadios de fútbol, que a veces puede tornarse violenta.

Una vez vi a un grupo de singapurenses muy respetables entrar en trance en una iglesia evangelista. Alentados por un entusiasmado predicador japonés, esos hombres de traje gris empezaron a revolcarse en el suelo, a soltar espuma por la boca y a decir cosas incomprensibles. No fue un espectáculo muy edificante; más bien, fue aterrador. Pero el predicador japonés no se equivocaba al decir que la gente a veces necesita escapar de la normalidad cotidiana (especialmente, como dijo a su congregación, unos japoneses y singapurenses tan cohibidos).

El éxtasis inducido por la música no es igual al trance religioso, pero son experiencias relacionadas. Por eso los guardianes del orden social suelen hacer tanto hincapié en prohibirlas.

De hecho, ya en 380 a. C., Platón advertía contra la música que se alejara de las reglas tradicionales. Según escribió en La República, la innovación musical, y especialmente el uso de sonidos nuevos que excitaran los sentidos, eran un peligro para la polis. Creía que la diversión musical fuera de las pautas establecidas era el principio de la anomia, y recomendaba a las autoridades suprimirla.

El mes pasado, Mick Jagger dijo a sus seguidores cubanos, en español, que al final “los tiempos están cambiando”. Tal vez así sea. En su discurso de despedida de La Habana, Obama tocó la misma melodía, al hablar de una nueva era, “un futuro de esperanza”. Le dijo a Raúl Castro, el patitieso mandamás cubano (que le lleva a Jagger más de una década y casi tres a Obama) que no le tuviera miedo a la libertad de expresión.

Son bellas palabras. Pero la libertad política real en Cuba no llegará de un día para el otro. Y el ejemplo de China muestra que es posible combinar el hedonismo individual con el autoritarismo político. (Los Stones ya tocaron en Shanghai, pero las autoridades chinas insistieron en vetar sus canciones.)

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Como sea, es un inicio. El rock and roll ha llegado oficialmente a Cuba. Jagger presentó los debidos respetos a la (no menos extasiante) tradición musical cubana. Los cubanos son buenos bailarines. El siguiente paso, el más grande, es que los autócratas les dejen la pista libre.

Traducción: Esteban Flamini