2

¿Es Escocia un anuncio?

LONDRES – Como considero a los escoceses gente sensata, creo que esta semana votarán “no” en el plebiscito por la independencia. Pero cualquiera sea el resultado, el espectacular ascenso de los nacionalismos en Escocia y otras partes de Europa es síntoma de que algo anda mal en la política tradicional.

Mucha gente se ha convencido de que el modo de organización actual ya no es digno de confianza; que el sistema político impide un debate serio de alternativas económicas y sociales; que el poder está en manos de bancos y oligarcas; y que la democracia es una impostura. El nacionalismo promete un modo de escapar del dominio de alternativas “sensatas” que en realidad no son ninguna alternativa.

Los nacionalistas pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que sinceramente creen que la independencia permite una salida del bloqueo de un sistema político y aquellos que usan la amenaza de la independencia para forzar al establishment político a hacer concesiones. En cualquiera de los casos, los políticos nacionalistas tienen la inmensa ventaja de no necesitar un programa práctico: para ellos, basta tener la soberanía, el resto vendrá por añadidura.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo como opción política desapareció de Europa, barrido por la prosperidad económica y los recuerdos de los horrores prebélicos; pero el continente es terreno fértil para su resurgimiento. No sólo por su prolongado malestar económico, sino porque prácticamente todas sus naciones‑Estado actuales contienen minorías étnicas, religiosas o lingüísticas geográficamente concentradas. Además, la incorporación de estos estados a la Unión Europea (una suerte de imperio voluntario) pone en cuestión las lealtades de sus ciudadanos: tanto pueden los nacionalistas acudir a Europa para que los proteja de sus propios estados, como acudir a sus propios estados para que los protejan del imperio europeo.