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Los lobos de Wall Street

LONDRES – “Qué narración sobre el estado del capitalismo del siglo XX”, caviló el “orador motivacional” Jordan Belfort al rememorar su vida de fraude, sexo y drogas. Como jefe de la firma de corretaje Stratton Oakmont, él esquilmó a inversores cientos de millones de dólares en la década de 1990. Vi la película de Martin Scorsese El lobo de Wall Street y la misma despertó en mi la suficiente intriga como para incitarme a leer las memorias de Belfort, en las se basa el guión. Aprendí mucho.

Por ejemplo, la estafa conocida como “inflar y descargar”, que hizo que Belfort y sus compañeros en Stratton lograran sus ganancias mal habidas, puede apreciarse con más claridad en el libro de memorias que en la película. La técnica funciona mediante la compra de acciones de empresas sin valor empleando testaferros, la posterior venta en un mercado al alza a inversores genuinos, y luego la descarga de todo.

No solamente se llevó a la ruina a pequeños inversores; lo que es más notorio es la codicia y la credulidad de los ricos, quienes se tragaron como verdaderas las mismas habladurías sin valor de los vendedores “jóvenes y estúpidos” que Belfort prefería contratar. Belfort fue(es) un muy refinado comerciante de aceite de serpiente, brillante en sus negocios hasta que las drogas arruinaron su buen juicio.

Belfort, personificando el elixir de éxito, después de un breve paso por la cárcel, profesa sentir vergüenza por su comportamiento, pero sospecho que en el fondo su desprecio por aquellos a los que estafó supera cualquier sentimiento de remordimiento. En su reciente libro, Capitalism in the Twenty-First Century, el economista Thomas Piketty describe a Stratton Oakmont como un ejemplo de “extremismo meritocrático” – la culminación de una transición de un siglo de duración desde la antigua desigualdad, que se caracteriza por la riqueza heredada y el estilo de vida discreto, a la nueva desigualdad, con sus bonos enormes y consumo conspicuo.