Reflexión sobre el surfing

MELBOURNE – Para mí, como para la mayoría de los australianos, las vacaciones de verano consistían en ir a la playa. Me crié nadando y jugando entre las olas y más adelante haciéndolo con una tabla corta, pero, no sé por qué, no llegué a aprender a mantenerme de pie en una tabla de surfing.

Al final, corregí esa omisión cuando tenía cincuenta y tantos años de edad: demasiado mayor para llegar a ser muy diestro, pero lo bastante joven para que el surfing me brindara un decenio de diversión y una sensación de logro. En este verano meridional, estoy de vuelta en Australia y en las olas de nuevo.

En la playa en la que he practicado el surfing hoy, me he enterado de una ceremonia que se había celebrado en ella al comienzo de esta temporada: la despedida a un surfista que había muerto a una edad muy avanzada. Sus compañeros de deporte se internaron en el océano y formaron un círculo, sentados en sus tablas, mientras se dispersaban sus cenizas sobre la superficie. Otros amigos y familiares lo contemplaron desde la playa y desde la cima de un acantilado. Me han contado que fue uno de los mejores surfistas de por allí, pero en una época en que no se podía ganar dinero con ese deporte.

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