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Las rebeliones de los justos

En determinados círculos inteligentes, se ha puesto de moda considerar al ateísmo como un signo de educación superior, de una civilización mucho más evolucionada, de iluminismo. Exitos editoriales recientes sugieren que la fe religiosa, en verdad, es un signo de retraso, la marca de primitivos atascados en el oscurantismo que todavía tienen que ponerse a tono con la razón científica. La religión, nos dicen, es responsable de la violencia, la opresión, la pobreza y muchos otros males.

No es difícil encontrar ejemplos que respalden estas aseveraciones. Ahora bien, ¿la religión también puede ser una fuerza para el bien? Por cierto, ¿existen casos en los que la fe religiosa sale al rescate incluso de aquellos que no la tienen?

Dado que yo nunca tuve ni los beneficios ni los infortunios de adherir a alguna religión, podría ser un tanto hipócrita de mi parte defender a quienes sí los tuvieron. Pero al ver por televisión a los monjes birmanos desafiando a las fuerzas de seguridad de uno de los regímenes más opresivos del mundo, cuesta no ver cierto mérito en la creencia religiosa. Birmania es un país profundamente religioso, donde la mayoría de los hombres pasan algún tiempo como monjes budistas. Incluso el dictador birmano más secuaz debe dudar antes de desatar la fuerza mortal sobre hombres vestidos con las túnicas de color castaño y azafrán de su fe.

A los monjes birmanos, junto con monjas vestidas con túnicas rosas, se les sumaron estudiantes, actores y otros que quieren deshacerse de la junta militar. Pero fueron los monjes y las monjas los que dieron el primer paso; se atrevieron a protestar cuando otros prácticamente se habían dado por vencidos. Y lo hicieron con la autoridad moral de su fe budista.