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Una Europa de la solidaridad y no sólo de la disciplina

BERLÍN – Originalmente, la Unión Europea era lo que los psicólogos llaman un “objeto fantasmático”, un objetivo deseable que inspira la imaginación de las personas. Yo la consideré la encarnación de una sociedad abierta: una asociación de Estados-nación que cedieron parte de su soberanía por el bien común y constituyeron una unión que no estaba dominada por una nación o nacionalidad.

Sin embargo, la crisis del euro ha convertido la Unión Europea en algo radicalmente diferente. Ahora los países miembros están divididos en dos clases –acreedores y deudores– y los primeros son los que mandan. Alemania, como el país mayor y más solvente que es, ocupa una posición dominante. Los países deudores pagan primas de riesgo cuantiosas para financiar su deuda, lo que se refleja en los elevados costos de endeudamiento de su economía en general. Así han acabado entrando en una barrena deflacionaria y padecen una grave –y potencialmente permanente– desventaja competitiva respecto de los países acreedores.

Ese resultado no refleja un plan deliberado, sino una serie de errores de las políticas aplicadas. Alemania no pretendía ocupar una posición dominante en Europa y se muestra reacia a aceptar las obligaciones y responsabilidades que dicha posición entraña. Podemos llamarlo la tragedia de la Unión Europea.

La evolución reciente de los acontecimientos parece ofrecer razones para el optimismo. Las autoridades están adoptando medidas para corregir sus errores, en particular la decisión de constituir una unión bancaria y el programa de transacciones monetarias directas, que permitiría una intervención ilimitada del Banco Central Europeo en el mercado de bonos soberanos. Se ha asegurado a los mercados financieros que el euro no va a desparecer. Podría ser un punto de inflexión, siempre y cuando se lo refuerce suficientemente con medidas complementarias encaminadas a la consecución de una integración mayor.