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Reavivar el sueño occidental de Georgia

La reciente inestabilidad de Georgia ha asestado un golpe a su reputación internacional como nueva democracia y representa un problema también para la Unión Europea. El Presidente Mijeil Saakashvili, ante las protestas callejeras de noviembre, afirmó que el magnate ruso-georgiano Badri Patarkatsishvili estaba conspirando para derribar al Gobierno, por lo que cerró la emisora de televisión privada Imedi (de la que es propietario Patarkatsishvili) que se inclina a favor de la oposición y decretó el estado de emergencia durante nueve días antes de convocar elecciones presidenciales anticipadas para el 5 de enero.

Desde la toma de posesión de Saakashvili en enero de 2004, a raíz de la “revolución rosa” de 2003, el Gobierno de Georgia ha desplegado banderas de la UE en los actos oficiales. Los georgianos comparten ese entusiasmo. Una encuesta de opinión llevada a cabo por el Instituto Republicano Internacional en septiembre de 2007 indicó que el 81 por ciento de los georgianos apoyan la adhesión a la UE.

Pero, independientemente del resultado de las elecciones, la crisis reciente revela una falta de compromiso por parte de la UE con la seguridad y la democracia en Georgia. Pese a la estratégica situación de Georgia en el mar Negro, fronteriza con Rusia, Azerbaiyán y Turquía –y en una ruta comercial decisiva que enlaza la UE, el Irán, Rusia y el Asia central–, Europa no ha tenido una actitud diligente para con los problemas políticos más duraderos del país.

Por el lado georgiano, se tiene perfectamente claro –al menos así es en el caso de la clase política– que la adhesión a la UE es, en el mejor de los casos, una posibilidad remota, lo que debilita la importancia política de la Política Europea de Vecindad (PEV), iniciativa concebida en 2004 para evitar la aparición de nuevas líneas divisorias entre la UE ampliada y sus vecinos. En noviembre de 2006, la UE y Georgia firmaron un Plan de Acción de la PEV, pero no es probable que satisfaga las esperanzas despertadas.