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Contra una renacionalización de Europa

NUEVA YORK – Lejos de amainar, en los últimos meses la crisis del euro ha dado un giro para peor. El Banco Central Europeo logró contener una inminente contracción crediticia apelando a una operación de refinanciación a largo plazo (LTRO por sus siglas en inglés) en la que prestó más de un billón de euros a bancos de la eurozona a un interés del 1%. Esto trajo un considerable alivio a los mercados financieros, y la recuperación resultante ocultó el deterioro subyacente; pero es improbable que ese efecto dure mucho tiempo más.

Los problemas fundamentales siguen sin resolverse; de hecho, la brecha entre los países acreedores y los deudores es cada vez mayor. La crisis entró en una fase que puede ser menos volátil, pero más destructiva.

Al inicio de la crisis, nadie imaginaba que la eurozona pudiera desintegrarse: el grado de vinculación de los activos y pasivos denominados en la moneda común era tal que desarmar la eurozona provocaría una catástrofe incontrolable. Pero con el avance de la crisis, se produjo gradualmente una reorientación del sistema financiero de la eurozona en líneas nacionales.

Esta tendencia se aceleró en los últimos meses. Gracias al LTRO, los bancos españoles e italianos han podido entregarse a un arbitraje muy rentable y de bajo riesgo con los bonos de sus propios países. Y el trato preferencial recibido por el BCE en relación con su cartera de bonos de Grecia desalentará la tenencia de títulos de deuda soberana por parte de otros inversores. Si esta situación continuara así unos pocos años más, sería posible una ruptura no catastrófica de la eurozona (es decir, tener la tortilla sin romper los huevos); pero los bancos centrales de los países acreedores se quedarían con grandes carteras de títulos (difíciles de cobrar) contra los bancos centrales de los países deudores.