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La paulatina debacle de las pensiones públicas

LONDRES – Si los países desarrollados actuaran con racionalidad y en el interés de electorados que comprendieran cómo se gasta el dinero que pagan en impuestos, fijarían la edad de jubilación para sus pensiones públicas a los 70 años o más. Pero la mayoría tiene edades de jubilación por debajo de esta marca y, a pesar de ciertos avances, tomará décadas antes de que lleguen a ella. Mientras tanto, los estados de bienestar occidentales seguirán siendo inviables en lo financiero y propensos a sufrir dificultades económicas y tensiones políticas.

El envejecimiento demográfico es el equivalente social y económico del cambio climático: un problema que todos sabemos que hay que enfrentar, pero de cuya solución preferiríamos que se encargaran las futuras generaciones. Es comprensible el impulso de postergar las cosas, considerando los actuales problemas económicos y políticos; pero cuando se trata de las pensiones públicas, la postergación tiene un alto coste, incluso más que en el caso del calentamiento global.

En 1970, la edad promedio de jubilación efectiva para los trabajadores varones franceses era los 67 años, más o menos la misma esperanza de vida masculina que había en ese entonces. Hoy la edad de jubilación efectiva en Francia está un poco por debajo de los 60 (la edad oficial de jubilación son los 65 años, pero en la práctica es posible acceder a las pensiones públicas mucho antes), incluso si la esperanza de vida masculina se acerca a los 83 años.

No es de sorprender que Francia gaste el equivalente a cerca de un 14% de su PIB en pensiones públicas al año. La jubilación temprana es incluso más costosa para Italia, que se encuentra a la cabeza del gasto de los países de la OCDE en pensiones públicas, con cerca de un 16% de su PIB al año.