PATRICIA DE MELO MOREIRA/AFP/Getty Images

Otra narrativa para Europa

MADRID – Cuando en 1957 se fundó por el Tratado de Roma la Comunidad Económica Europea, predecesora de la Unión Europea, la narrativa que la definía era que la integración económica contribuiría a alentar el crecimiento, fortalecer la democracia y enterrar los fantasmas del pasado violento de Europa. Es decir, el objetivo de inmunizar a Europa contra las enfermedades del nacionalismo, el populismo y el autoritarismo era inherente al proyecto de integración europea después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero el desorden provocado por la crisis financiera de 2008‑2009, y las medidas de austeridad que le siguieron, debilitaron las promesas fundacionales de la UE y crearon condiciones para el regreso de ideologías tóxicas. Para que la solidaridad europea sobreviva a este último desafío, se necesita con urgencia una narrativa nueva.

Al resurgimiento del populismo contribuyó sin duda el anonimato de las instituciones de la UE, que las diferencia de las instituciones de bienestar tradicionales del Estado‑nación. Por esto, las autoridades de la UE deben encarar iniciativas con mayor responsabilidad social que promuevan la distribución de la riqueza, el bienestar y los derechos de los trabajadores.

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