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Un nuevo paradigma de políticas para hacer frente al cambio climático

BERLÍN – Hablemos en serio: es probable que fracasen las negociaciones que se están llevando a cabo en las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Sin duda, como ocurrió con el encuentro que hace poco se realizó en Bonn, las expectativas para la conferencia de noviembre en Varsovia son tan bajas que casi no hay margen para el fracaso. Pero, dado que los negociadores están prometiendo llegar al acuerdo global que no lograron en Copenhague en 2009, es casi seguro que la cumbre de diciembre de 2015 en París será otra debacle.

Para la Unión Europea, principal autoridad en materias de políticas internacionales para enfrentar el cambio climático, el resultado de la cumbre de Copenhague fue particularmente decepcionante. Tras años de negociaciones y numerosos informes científicos de evaluación, había un alto nivel de expectativas entre las delegaciones de llegar a un tratado climático de gran alcance. Resultaron ser ilusorias.

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Esta vez no será diferente. Si bien en 2015 se podría llegar a un acuerdo, lo más probable es que no abarque a todos los grandes emisores y definitivamente no será lo bastante ambicioso como para lograr el objetivo general de una cooperación internacional que pueda evitar que las temperaturas globales se eleven más de 2° Celsius por sobre los niveles preindustriales.

Más aún: los negociadores no tendrán otra oportunidad. Después de más de dos décadas de debates en gran medida infructuosos en que las emisiones de CO2 han seguido aumentando, otra cumbre que acabe en el fracaso no hará más que producir una profunda crisis en la diplomacia climática internacional, obligando a sus impulsores a cambiar las reglas del juego o aceptar que no es posible ganarlo.

La primera víctima de una crisis así sería el enfoque verticalista de políticas climáticas impulsado por la UE y muchos científicos destacados. El punto de comienzo de este modelo es el límite acordado para un cambio climático tolerable; el presupuesto mundial de las emisiones restantes hasta el año 2050 se calcula a partir de este límite y luego se divide entre los 193 estados miembros de la ONU.

En caso de que la cumbre de París fracase (como es probable), el colapso en la confianza sobre este enfoque podría llevar a dos resultados. En el peor de ellos, el concepto mismo de control global del cambio climático perdería todo valor: décadas de alarmismo climático darían paso a un estado de fatalismo. Puesto que la ONU aceptó formalmente en 2010 el límite de 2°C como punto de partida del enfoque verticalista, se volvería insostenible la afianzada estrategia de disimular los fracasos actuales con anuncios de iniciativas más ambiciosas en el futuro.

En ese punto, quedaría debilitado el papel de la UE como líder mundial de políticas climáticas, así como su énfasis en desarrollar una economía compatible con el medio ambiente. En una situación en que la UE se viera obligada a promover estrategias de segunda o tercera clase, los países perderían confianza en el potencial de solución de problemas climáticos a nivel internacional y disposición a buscar soluciones en común.

Como consecuencia, las políticas climáticas internacionales se volverían irreconocibles, ineficaces y, en último término, irrelevantes. Los países comenzarían a centrarse casi por completo en mejorar sus propias capacidades de adaptación al cambio climático; los ambiciosos acuerdos de reducción de emisiones cederían paso a iniciativas exclusivamente nacionales en áreas tan diversas como las políticas normativas o la ingeniería climática.

Todo esto dejaría a la UE sin otra opción que cambiar sus planes internos, socavando su capacidad de ir avanzando hacia el cumplimiento de sus aspiraciones de reducciones de emisiones para el año 2050 y debilitando la voluntad de los estados miembros de acordar objetivos ambiciosos y legalmente vinculantes sobre energía y cambio climático para el año 2030. Más aún, la pérdida de continuidad legislativa más allá de 2020 generaría un nivel de inseguridad importante para las empresas en la UE, haciendo decrecer la inversión e interrumpiendo (si es que no poniéndole fin) al avance de Europa hacia una economía con bajas emisiones de carbono. Una vez iniciado ese proceso, la fragilidad política de la UE la haría incapaz de detenerlo, al menos en el futuro previsible.

El otro escenario posible es más promisorio e implica un cambio fundamental de perspectiva sobre el cambio climático y cómo se pueden encuadrar sus soluciones. Recién está comenzando a surgir y definirse un enfoque “desde abajo hacia arriba”, sobre el principio básico de que conviene emitir la menor cantidad posible de emisiones.

Para asegurar este resultado, la UE debe comenzar a preparar un Plan B que tome en cuenta el próximo cambio de paradigma de políticas climáticas, en el que se debería dar prioridad a los avances mensurables hacia la reducción de emisiones de carbono de las principales economías del mundo, a través de tratados climáticos u objetivos de largo plazo globales.

Si bien el nuevo paradigma protegería la legitimidad de los actuales instrumentos normativos y diplomáticos, como el comercio de emisiones, la UE tendría que reconsiderar su marco de aplicación. Cobrarían cada vez mayor importancia los planes para una cooperación flexible e impulsada por incentivos entre países desarrollados y en desarrollo (los llamados “clubs”), y el grado de avance dependería de la cooperación entre emisores importantes, como Estados Unidos, China e India.

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En el futuro, la UE tendrá que encarar el cambio climático principalmente como un asunto político, en lugar de hacerlo en términos de objetivos definidos científicamente. Únicamente si se ajusta a las limitaciones prácticas del sistema internacional podrá seguir el rumbo de la transformación económica, al tiempo que preserva su relevancia internacional y ayuda a contener el calentamiento global.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen