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La búsqueda de justicia de Bangladesh

NUEVA DELHI – El mar de humanidad que ha sitiado la zona de Shahbag en la capital de Bangladesh, Dhaka, durante los últimos dos meses, viene esgrimiendo una demanda inusual -inusual, al menos, para el subcontinente indio-. Los manifestantes reclaman justicia para las víctimas de las masacres genocidas de 1971 que llevaron a la secesión de Pakistán Oriental de Pakistán.

Los manifestantes han sido espontáneos, desorganizados y caóticos, pero también apasionados y ostensiblemente pacíficos. Muchos de los varios miles de manifestantes en Shahbag son demasiado jóvenes como para haber experimentado en persona los asesinatos que marcaron el intento brutal, y en definitiva infructuoso, del Ejército Paquistaní de suprimir el naciente movimiento independentista. Pero los alienta un ideal -la profunda convicción de que la complicidad en los asesinatos masivos no debería quedar impune, y que la justicia es esencial para que se curen por completo las heridas de cuatro décadas de la sociedad de Bangladesh.

Lo que resulta curioso sobre estos hechos es que el subcontinente ha preferido olvidar las injusticias monstruosas que han marcado su historia reciente. Un millón de personas perdieron la vida en el salvajismo de la división del subcontinente en India y Pakistán, y otros 13 millones fueron desplazados, la mayoría por la fuerza. Pero ni una sola persona alguna vez fue acusada de crimen alguno, mucho menos enjuiciada y castigada.

Se estima que otro millón de personas fueron masacradas en Bangladesh en 1971, y recién este año se ha enjuiciado a algunos de los aliados locales de los perpetradores. Casi todos los años, en alguna parte del subcontinente, se generan disturbios, muchas veces instigados políticamente, que se adjudican decenas -a veces cientos y ocasionalmente miles- de vidas en nombre de la religión, la secta o la etnicidad. Nuevamente, se llevan a cabo investigaciones y se redactan informes, pero nunca nadie fue llevado ante la justicia.