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Redefinir la enseñanza de las ciencias

VANCOUVER- A pesar de la importancia creciente de las ciencias en el mundo moderno, su enseñanza sigue siendo un asunto menor y remoto para la mayor parte de la gente. Ello es tanto miope como peligroso. Después de todo la ciencia y la tecnología no son sólo los motores principales del crecimiento en la economía moderna, sino que también son cada vez más esenciales para muchas políticas públicas importantes, principalmente las que tienen que ver con el cambio climático y los servicios de salud.

Ciertamente no se ha ignorado la necesidad de aumentar y mejorar la educación científica. Sin embargo, poca de esa atención se ha dedicado a la educación de nivel superior, que es la único en la que se dispone de datos que muestran cómo lograr progresos sustanciales sin costos enormes. Además, es poco probable que se logren grandes avances en los niveles primario y secundario si no se establece primero un estándar de enseñanza de las ciencias más alto en el nivel superior.

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La opinión convencional es que no hay un problema con el nivel educativo superior. Se están produciendo científicos e ingenieros a ritmos comparables o superiores que en el pasado y, si bien a pocos estudiantes de otras áreas les resultan agradables o útiles los cursos científicos obligatorios, eso se considera propio de la materia.

Sin embargo, en los últimos veinte años se ha visto un surgimiento de las investigaciones sobre la enseñanza de las ciencias a nivel superior llevadas a cabo por científicos en sus respectivas disciplinas. Los resultados de esas investigaciones y el espectacular avance en el aprendizaje y el interés que se ha obtenido en otros experimentos de enseñanza relacionados con ellas muestran que hay grandes oportunidades para mejorar la educación científica universitaria.

No obstante, para aprovechar estas oportunidades se requerirá de un enfoque pedagógico diferente que trate a la educación científica como una ciencia, con normas rigurosas para lograr una enseñanza efectiva. También requiere que abandonemos el muy extendido y viejo supuesto de que la comprensión de la ciencia implica solamente el aprendizaje de un conjunto relevante de hechos y recetas para resolver problemas y que el dominio de esos hechos es la única calificación necesaria para ser profesor de ciencias.

La investigación sobre la enseñanza de las ciencias muestra claramente que una comprensión verdadera de ellas, demostrada en la práctica, no consiste solamente en un aprendizaje de información. Más bien, radica en desarrollar una forma de pensamiento sobre una disciplina que refleje una percepción particular de cómo se establece el “conocimiento”, su alcance y limitaciones, cómo describe a la naturaleza y cómo se puede aplicar de manera útil en diversos contextos. Desarrollar esa forma de pensar es una experiencia muy distinta a la de aprender un conjunto de hechos y requiere habilidades pedagógicas muy diferentes.

En muchos sentidos la enseñanza de las ciencias actualmente es parecida a la medicina de mediados del siglo XIX cuando el nuevo rigor científico se enfrentó a creencias muy arraigadas y a prácticas tradicionales respetadas de la medicina. Por ejemplo, la sangría se había practicado durante mucho tiempo, con teorías que explican detalladamente su efectividad. Y había pruebas convincentes de que la sangría funcionaba: después de los tratamientos, la mayor parte de las personas se recuperaba de las enfermedades, del mismo modo en que los estudiantes de hoy (aunque en un porcentaje menor) prosperan en los cursos universitarios tradicionales de ciencias basados en las cátedras y después se convierten en científicos.

Sin embargo, a lo largo de varias décadas se dio un enorme cambio intelectual sobre la forma en que las personas veían la práctica de la medicina. Se adoptaron estándares científicos rigurosos, se desarrolló un mejor entendimiento de las complejidades del cuerpo humano y se establecieron normas más estrictas para las pruebas de la eficacia de los tratamientos. Ya no era suficiente el hecho de que algunos pacientes sobrevivieran con la sangría.

Si bien esta reorientación tuvo como resultado tratamientos médicos mucho más efectivos, no permeó rápida o naturalmente al público. Incluso actualmente hay un gran número de personas que están dispuestas a rechazar las ciencias médicas en favor de remedios caseros apoyados únicamente en las anécdotas relatadas por algún pariente o vecino.

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No hay indicios para creer que se adoptará fácilmente un enfoque más científico para la enseñanza de las ciencias. Sin embargo, ya empezó y terminarla ofrece la esperanza de avanzar del equivalente educativo de la sangría a las vacunas y antibióticos. Con una investigación sostenida y una implementación efectiva de los nuevos descubrimientos sobre la enseñanza de las ciencias será posible que todos los estudiantes universitarios alcancen un aprendizaje científico mucho más significativo.

Es inherentemente enriquecedor ofrecerles a los estudiantes un entendimiento más profundo del mundo que los rodea. También les permitirá tomar decisiones más acertadas sobre asuntos críticos de política pública, y ser miembros más creativos y efectivos de la fuerza de trabajo.