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Rescatar una posibilidad de paz para Israel

MADRID – El intercambio de prisioneros entre enemigos es con frecuencia un preludio para la reconciliación política. Lamentablemente, el reciente intercambio entre Israel y Hamás, en el que la organización islamista se llevó la parte del león de más de 1.000 prisioneros a cambio del soldado israelí Gilad Shalit, no es un buen augurio para las posibilidades de una paz palestino-israelí.

Al contrario de lo que parece, el trato no es un reflejo del interés de los dos bandos por iniciar un acercamiento político que pudiera conducir al fin del sitio de Gaza y otras medidas de creación de confianza. Ese intercambio revela exactamente lo contrario: que las dos partes están comprometidas con sus valores fundamentales de resistencia y confrontación.

Para Israel, recuperar a Shalit era su forma de confirmar un espíritu de unidad en tiempo de guerra y cumplir la promesa hecha por el ejército a sus reclutas (y sus familias) de que ningún soldado, vivo o muerto, sería abandonado jamás. El mensaje consistía en que Israel debe permanecer movilizado y alerta en un medio hostil y que su supervivencia depende de la cohesión de su ejército de ciudadanos, así como de la solidaridad con aquellos a los que se envía al combate.

El trato sobre Shalit, polémico y disgregador, desencadenó un debate profundamente moral en una de las sociedades civiles más vivas del mundo. El trato es también, para los israelíes, una insignia de honor para la aspiración de su pericleana democracia a una elevada condición moral en un vecindario autocrático.