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La guerra con el Islam radical

NUEVA YORK – El primer ministro francés Manuel Valls no hablaba metafóricamente cuando dijo que Francia está en guerra con el Islam radical. De hecho, hay en marcha una guerra declarada, de la que los atroces ataques terroristas en París fueron parte. Sin embargo, como la mayoría de las guerras, esta no es solo cuestión de religión, fanatismo e ideología. También lo es de geopolítica, y en la geopolítica reside su solución definitiva.

Crímenes como los cometidos en París, Nueva York, Londres y Madrid (incontables ataques a cafés, centros comerciales, autobuses, trenes y clubes nocturnos) son una afrenta a nuestros valores humanos más básicos, ya que suponen el asesinato de inocentes a sangre fría y buscan esparcir el miedo en toda la sociedad. Estamos habituados a decir que son obra de lunáticos y sociópatas, y nos repele la sola idea de que puedan tener una explicación más allá de la demencia de sus perpetradores.

Pero en la mayoría de los casos, el terrorismo no es fruto de la demencia, sino un acto de guerra, aunque una guerra librada por débiles, en vez de ejércitos y estados organizados. El terrorismo islámico es un reflejo, incluso una extensión, de las guerras actuales de Medio Oriente. Y con el involucramiento de potencias externas, esas guerras se están convirtiendo en una única guerra regional, que todo el tiempo se transforma, se expande y se vuelve cada vez más violenta.

Desde el punto de vista yihadista (aquel que, por ejemplo, musulmanes estadounidenses o franceses pueden adoptar en campos de entrenamiento en Afganistán, Siria y Yemen) la vida diaria es ultraviolenta. La muerte es cosa de todos los días, y procede a menudo de las bombas, los drones y las tropas de Estados Unidos, Francia y otras potencias occidentales. Sus víctimas suelen ser “daños colaterales” inocentes de ataques occidentales sobre casas, bodas, funerales y asambleas comunitarias.