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El autoritarismo blando de Putin

Estos días circula por Moscú el siguiente chiste: dos meses después de las últimas elecciones presidenciales los americanos no sabían quién era su Presidente, pero nosotros, los rusos, dos años antes de nuestras recientes elecciones, sabíamos quién iba a ocupar el Kremlin.

La clase política de Rusia tiene razones abundantes para sentirse astuta y cínicamente orgullosa del sistema que ha inventado: garantiza los resultados que desea. Pese a su falta de dramatismo, intriga y competitividad, las elecciones no fueron importantes porque la clase política de Rusia renunciara a todos los elementos principales de unos procedimientos electorales democráticos auténticos, sino porque han cerrado el capítulo sobre el experimento democrático liberal de Rusia, con lo que han legitimado el nuevo sistema político de Putin.

¿Cuál es la naturaleza del nuevo sistema? ¿Es una democracia con adjetivos, como, por ejemplo, democracia "gestionada", democracia "no liberal" o democracia "electoral"? Sólo unos pocos expertos se empeñan en adherirse a ese criterio. ¿O se trata simplemente del sistema de un autoritario maniobrero? Esta opinión está ya generalizada no sólo en los Estados Unidos, sino también en Europa.

En realidad, el régimen de Putin es, sin embargo, una mezcla extraña y complicada, que se basa en dos elementos importantes: el poder personal del propio Vladimir Putin y el papel en aumento de las instituciones democráticas de Rusia, que van consolidándose. La tensión entre esas dos fuerzas impulsará la dinámica política de Rusia en los cuatro próximos años. El panorama se complica aún más con el hecho de que Putin represente la fuerza más prooccidental de Rusia, mientras que el aparato estatal sigue siendo conservador, tradicional y arcaico.