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El arca de Putin

Recientemente, he visitado Moscú, después de haber estado cinco ańos ausente. La ciudad, que parecía diferente y extrańa, me impresionó por su capacidad para cambiar. El tiempo que pasé en Rusia se dividió entre reuniones oficiales, horas perdidas en embotellamientos de trafico y noches pasadas con viejos amigos que procuraron enseńarme lo mejor de la vida nocturna de Moscú.

En mi primera noche libre, me invitaron a un local llamado “Shinok”. El restaurante tenía muchos de los rasgos que se encuentran en los restaurantes étnicos de cualquier sitio. Diferentes muestras de kitsch, esa vez ucraniano, estaban abundantemente representadas. Pero la decoración interior tenía un elemento excepcional: una pared artificial con ventanas que separaban una parte del comedor. Detrás de la pared había un escenario decorado como un corral de aldea.

Poblaban ese sucedáneo de corral una vaca de verdad, además de gallinas y patos. De vez en cuando aparecía una anciana con traje tradicional para dar de comer a los animales. Los visitantes que degustaban borscht y piroshki observaban su actividad con satisfacción. “Trabaja para el restaurante”, me explicó mi acompańante. “Da de comer a los animales y se sienta en el corral para crear un ambiente rústico”.

Shinok fue una simple introducción a la actual nueva ola en el ambiente de los restaurantes de Moscú. Unos días después, visité “El Sol Blanco del Desierto”, otro local étnico. El Sol Blanco existía en la época soviética. Entonces se llamaba “Uzbekistán” y no era sino una exhibición culinaria obligatoria de la unión, supuestamente indisoluble, de las quince repúblicas fraternas de la URSS.