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La contrarrevolución preventiva de Rusia

FLORENCIA – En 2014, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, trajo de vuelta la dictadura a su país. Desde el Kremlin hasta Crimea, los ciudadanos rusos ahora deben lidiar con la ambición, el miedo y la mendacidad de un dictador que, en el transcurso de este año, ha erradicado toda revisión de su autoridad.

En muchos sentidos, la dictadura de Putin es primitiva. Está fundada en emociones básicas más que en motivaciones ideológicas de la era soviética. Aunque Putin intentó atizar el deseo popular de un imperio con la anexión de Crimea y la intervención en el este de Ucrania, estas acciones representan poco más que un robo flagrante perpetrado por hombres enmascarados en mitad de la noche; tienen pocas probabilidades de generar una gloria duradera.

Muchos de mis colegas historiadores culturales no están de acuerdo. Insisten en que el régimen de Putin representa una forma de continuidad de las tradiciones culturales de Rusia. Creen que Rusia ha heredado un ADN cultural que trasciende las revoluciones, como si algún tipo de gen vicioso estuviera motivando la actual agresión imperialista del Kremlin (y, si uno hubiera de creer en las amenazas de Putin, Kazajstán podría ser el próximo en breve). Otros creen que esta continuidad se canaliza a través del carácter nacional. Sostienen que la naturaleza específica de los rusos los lleva a respaldar a Putin, de la misma manera que presuntamente respaldaron a Stalin y a los Romanov.

Este tipo de argumentos no toleran un escrutinio. Los imperios van y vienen, al igual que sus tradiciones. Por cada zar expansionista, o comisario, desde Catalina II hasta Putin, ha habido líderes dispuestos a dar un paso atrás. Alejandro II vendió Alaska; Lenin se retiró de Ucrania a cambio de la paz con Alemania; y Gorbachov se retiró de Europa central en un esfuerzo por poner fin a la Guerra Fría.