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La Francia pública contra la Francia privada

La reelección del presidente Jacques Chirac arrancó un suspiro de alivio en Francia cuyos ecos resuenan en todo el mundo. No obstante, el susto que dio Jean-Marie Le Pen a la política francesa no servirá de nada si la clase política en Francia regresa a su desprecio y complacencia.

Francia siempre ha sido una nación de divisiones muy marcadas. En algún tiempo la división marcaba las diferencias entre izquierda y derecha. Hoy señala la división entre los sectores público y privado. El primer ministro Lionel Jospin, que fue humillado por Le Pen al negarle un lugar en la última fase de la carrera presidencial, había dirigido una economía fuerte, en la que se crearon muchos empleos, con más tiempo libre gracias a la semana de 35 horas y ciertas reformas liberales como la privatización a niveles nunca antes vistos en Francia.

A pesar de todo lo anterior, el desempleo continuaba persistentemente alto y la inseguridad comenzó a extenderse. Los programas de Jospin no pudieron disminuir estos males gemelos, principalmente porque la sociedad francesa está dividida en un enorme sector público y un dinámico sector privado, gran parte del cual se está viendo forzado a salir del país debido a los altos impuestos y la burocracia interminable. Las empresas que se quedan deben cargar con los costos del gigantesco sector público.

El hecho de que Francia haya sufrido de un desempleo alto durante las últimas dos décadas, sin importar quien lleve las riendas del poder, es una clara señal de que la política económica francesa anda mal. Los desempleados franceses están mejor que sus contrapartes internacionales, pero el sistema es costoso e ineficiente y tiene sus deficiencias. Por ejemplo, los beneficios se pagan durante un tiempo limitado solamente. Después, se reducen a una cuota mínima para vivir, que representa una exclusión de la sociedad.