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Protejamos la libertad de discusión

MELBOURNE – El mes pasado se publicó el primer número de la Revista de Ideas Polémicas (Journal of Controversial Ideas), de la cual soy coeditor. La revista surgió en respuesta a los límites cada vez mayores, incluso en las democracias liberales, que se imponen a las discusiones para considerarlas aceptables. Fue diseñada específicamente para brindar un foro donde los autores pueden, si lo desean, usar un seudónimo para evitar maltratos —entre ellos, amenazas de muerte— o perjudicar irrevocablemente sus carreras.

Hubo una época en que las amenazas a la libertad académica en los países democráticos provenían principalmente de la derecha. Un caso muy famoso a principios del siglo XX en Estados Unidos fue el de Scott Nearing, un economista con tendencias de izquierda de la universidad de Pensilvania, quien fue despedido porque su activismo a favor de la justicia social no les cayó bien a los banqueros y líderes corporativos del consejo de administración de la universidad.

Cincuenta años más tarde, en la época de McCarty, mucha gente fue puesta en listas negras o despedida por apoyar ideas de izquierda. Cuando llegué a Princeton en 1999, Steve Forbes (quien por entonces hacía campaña para convertirse en candidato republicano a la presidencia) pidió que se rescindiera mi nombramiento porque no le gustó mi crítica a la doctrina tradicional de la sacralidad de la vida humana.

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