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El proteccionismo cabalga de nuevo

Señalemos a los sospechosos habituales. En cualquier campaña para la elección presidencial en los Estados Unidos, podemos estar seguros de que irrumpirá el proteccionismo, como lo ha hecho, pero la nueva oscilación de los Estados Unidos hacia el proteccionismo comenzó hace mucho, con el arancel aplicado a los productos siderúrgicos por el Presidente George W. Bush en 2001.

Resultaba difícil de entender en qué cálculo subyacente se basaba el arancel impuesto por el gobierno de Bush a los productos siderúrgicos. La de adoptar ese arancel fue una decisión económica perjudicial: empobreció a los Estados Unidos. También fue un ejemplo de mercantilismo perjudicial: privó de más beneficios y puestos de trabajo sindicados a las industrias consumidoras de esos productos que los que brindó a las industrias siderúrgicas, pese a que las primeras estaban al menos tan bien organizadas y se hicieron oír en Washington tanto como las segundas.

Por último, el arancel fue también un ejemplo de mala diplomacia: ¿por qué habría de concertar nadie un acuerdo con un gobierno de los Estados Unidos que parece deseoso de demostrar que incumplirá sus compromisos a cambio de los más pequeños beneficios internos imaginados?

Lamentablemente, la nueva oscilación de los Estados Unidos hacia el proteccionismo no se limitó a eso. Continuó el año pasado, cuando el gobierno de Bush, al reconocer que carecía de políticas para fomentar el empleo, investigó si se podía culpar a la infravaloración del tipo de cambio en China por el cierre de fábricas en Ohio.