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La duradera división entre Egipto y el Irán

WASHINGTON, D. C. – El presidente de Egipto, Mohamed Morsi, puede parecer asediado en su país, pero, al hacer de intermediario para lograr un cese el fuego entre Israel y Hamás el pasado mes de noviembre, realzó enormemente su prestigio político en todo Oriente Medio. De hecho, al tocar a su fin 2012, se ha restablecido la posición central de Egipto en la diplomacia regional. La gran pregunta para 2013 es la de si Morsi continuará su logro en Gaza abordando otro importante imperativo diplomático: el de restaurar las relaciones con el Irán después de más de tres decenios de animosidad.

En un primer momento, el ascenso al poder de los Hermanos Musulmanes después de las protestas populares en masa que derrocaron al predecesor de Morsi, Hosni Mubarak, infundieron la esperanza de una renovación de los vínculos diplomáticos con el Irán, pero, pese a los principios ideológicos compartidos, obstáculos políticos importantes siguen inhibiendo la cooperación bilateral.

Las relaciones entre los dos países quedaron rotas en 1980, después de que el Ayatolá Ruhollah Jomeini llegara al poder con la Revolución Islámica del Irán y cortase los vínculos como reacción al reconocimiento oficial de Israel por Egipto el año anterior. El entonces Presidente de Egipto, Anwar El Sadat, concedió al exiliado Shah del Irán el permiso para vivir en Egipto y apoyó al Iraq en su guerra de ocho años con la República Islámica. El Shah acabó enterrado en una mezquita de El Cairo.

Después del derrocamiento de Mubarak el año pasado, el Dirigente Supremo del Irán, Ayatolá Ali Jamenei, acogió con beneplácito la perspectiva de un gobierno islámico y delegaciones de los dos países intercambiaron visitas. Para Jamenei, la “primavera árabe” fue en realidad un “despertar islámico”.