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Premios, no patentes

Parte del éxito de la medicina moderna se basa en las nuevas drogas, en las que las compañías farmacéuticas invierten miles de millones de dólares en investigación. Las compañías pueden recuperar sus gastos gracias a las patentes, que les otorgan un monopolio temporario y, por lo tanto, les permiten cobrar precios muy por encima del costo de producción de las drogas. No podemos esperar innovación sin pagar por ella. Ahora bien, ¿los incentivos ofrecidos por el sistema de patentes son apropiados, de modo que todo este dinero esté bien invertido y contribuya al tratamiento de las enfermedades que más preocupan? Tristemente, la respuesta es un "no" contundente.

El problema fundamental con el sistema de patentes es simple: se basa en limitar el uso del conocimiento. Que un individuo más goce de los beneficios de un fragmento de conocimiento no genera ningún costo adicional, de modo que restringir el conocimiento es ineficiente. Pero el sistema de patentes no sólo restringe el uso del conocimiento; al otorgar un poder monopólico (temporario), muchas veces hace que la gente que no tiene seguro médico no pueda acceder a los medicamentos. En el Tercer Mundo, esto puede ser una cuestión de vida o muerte para quienes no pueden pagar drogas comerciales nuevas, pero sí podrían comprar genéricos. Por ejemplo, las drogas genéricas para la primera línea de defensa contra el sida redujeron el costo del tratamiento en casi el 99% solamente del 2000 a esta parte, de 10.000 a 130 dólares.

Sin embargo, a pesar del precio elevado que pagan, los países en desarrollo obtienen poco a cambio. Los laboratorios gastan mucho más dinero en publicidad y marketing que en investigación, mucho más en investigación de drogas relacionadas con el estilo de vida (para trastornos como la impotencia y la caída del cabello) que en drogas que salvan vidas, y prácticamente nada en enfermedades que afligen a cientos de millones de personas pobres, como la malaria. Es una cuestión de simple economía: las compañías dirigen su investigación hacia donde está el dinero, no importa el valor relativo para la sociedad. Los pobres no pueden pagar las drogas, de modo que la investigación sobre sus enfermedades es escasa, más allá de cuáles sean los costos generales.

Un fármaco "me-too", por ejemplo, que le genera a su fabricante un porcentaje del ingreso que, de otra manera, es percibido únicamente por la compañía que domina un nicho, puede ser altamente rentable, incluso si su valor para la sociedad es muy limitado. De la misma manera, las empresas se apresuraron para desarrollar el proyecto genoma humano a fin de patentar genes como el asociado con el cáncer de mama. El valor de estos esfuerzos fue mínimo: se llegó al conocimiento poco antes de lo que se habría llegado sin ese esfuerzo. Pero el costo para la sociedad fue enorme: el elevado precio que Myriad, el tenedor de la patente, le otorga a las pruebas genéticas (entre 3.000 y 4.000 dólares) bien puede implicar que miles de mujeres a las que se podría haber sometido a pruebas, considerado en condición de riesgo y recetado la medicación apropiada, en cambio morirán.