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Lo que mi yo más joven no esperaba

FORT LAUDERDALE – Con el avance de la edad, tendemos a señalar cada año que pasa reflexionando sobre los grandes acontecimientos que se desarrollaron en paralelo con la propia vida. Por mi parte, suelo centrarme en las sorpresas (positivas y negativas): aquello que hubiera considerado improbable o incluso inimaginable en mis años mozos.

Nací durante la Segunda Guerra Mundial y crecí en Canadá, con una conciencia general de al menos algunos aspectos del mundo que me rodeaba, en particular la Guerra Fría. La televisión en blanco y negro nos permitió presenciar desde nuestras salas de estar el poder destructivo de las armas nucleares. Yo y muchos otros niños habíamos visto “Nuestro amigo el átomo” en la serie de televisión Walt Disney’s Disneyland, pero nos quedábamos despiertos de noche escuchando los aviones que pasaban, esperando que no portaran los instrumentos de nuestra aniquilación.

Al final las bombas se quedaron en los silos, gracias al efecto disuasivo de la “destrucción mutua asegurada” y al liderazgo eficaz demostrado en momentos de máximo riesgo como la Crisis de los Misiles Cubanos. La Guerra Fría terminó, y los que hoy tienen menos de treinta años jamás la conocieron. Para la mayoría de esos jóvenes, la primacía económica y militar de los Estados Unidos puede parecer algo tan ordinario y permanente como la Guerra Fría fue para los baby boomers. Pero ahora estamos al borde de otro cambio estresante en las relaciones de poder.

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