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Fútbol posnacional

NUEVA YORK – Algunos de los periódicos alemanes más histéricos achacaron la derrota de Alemania ante Italia en las semifinales de la Eurocopa a que pocos de los jugadores se molestaron en cantar el himno nacional, lo que contrasta con la actitud de los jugadores italianos, todos los cuales cantaron a pleno pulmón la letra de Il Canto degli Italiani (“El canto de los italianos”). De hecho, el capitán, Gigi Buffon, cantó con los ojos cerrados, como si estuviera rezando.

Pero los italianos no tuvieron posibilidades en la final contra España, el mejor equipo del mundo, ninguno de cuyos jugadores abrió la boca durante la interpretación del himno español, la Marcha real, cosa lógica, en vista de que dicho himno no tiene letra. Y, además, los jugadores catalanes se sienten incómodos con el himno nacional, muy promovido durante la época del difunto dictador Francisco Franco, que detestaba el nacionalismo catalán.

Sabemos que en el fútbol los equipos que tienen más éxito no siempre son los que tienen los astros mayores. Los campeones funcionan como equipos: cohesionados, no afectados por el egotismo de las prima donnas, pues todos ellos están dispuestos a colaborar con sus compañeros. ¿De verdad es el patriotismo la clave para esa clase de espíritu en los equipos nacionales, como creen los críticos alemanes del suyo?

Con frecuencia se ha considerado el fútbol un substituto de la guerra: una forma simbólica y más o menos pacífica de dirimir rivalidades internacionales. Los hinchas de los bandos nacionales son actores de algo así como un carnaval patriótico, vestidos con los uniformes de sus estereotipos nacionales; los hinchas ingleses, como caballeros medievales; los holandeses, con zuecos; los españoles como toreros. Es comprensible que los alemanes tengan un problema con el simbolismo nacional, pero descubrí a unos pocos hinchas con traje casi bávaro. El premio para el disfraz más humorístico ha de corresponder a los italianos vestidos de papas y cardenales.