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Populismo, pasado y presente

MADRID – Parece que hoy en día casi ninguna democracia occidental está a salvo del populismo de derecha. Pero aunque la retórica populista esté llegando a extremos de agitación, con serias consecuencias entre las que destaca la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea, lo cierto es que el nativismo que representa es un viejo azote de la política democrática.

Los movimientos populistas tienden a centrarse en la acusación. El padre Charles Coughlin, un sacerdote católico de Detroit que en los años treinta promovió una agenda fascista para Estados Unidos, se había empeñado en individualizar y eliminar a los culpables de los problemas de la sociedad; hoy, los populistas de derecha se las han agarrado con el “establishment” y las “élites”.

En Europa, esto supone echar la culpa de todos los males a la UE. Hacer frente a las causas complejas de los problemas económicos y sociales de la actualidad (por ejemplo, el peso del privilegio hereditario y la inmovilidad social en el RU y Francia) es difícil; mucho más fácil es acusar a la UE y pintarla como un monstruo malvado.

Además de la búsqueda de culpables, la ideología populista apela sobre todo a la nostalgia. La conmoción que hoy se vive en Europa recuerda el repudio de Edmund Burke en 1790 a la Revolución Francesa como producto de una fe errada en ideas que desafiaron el apego del pueblo a la historia y la tradición.