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El Papa Francisco en los Estados Unidos

LONDRES – Apuesto un dólar contra un centavo a que la visita del Papa Francisco a los Estados Unidos en el presente mes de septiembre será una de las mayores noticias  de 2015. Tomemos el gran número de católicos americanos, añadamos la habilidad diplomática de los funcionarios, vestidos de púrpura y escarlata, del Vaticano y después declaraciones potentes de Francisco sobre una diversidad de asuntos –con las que a menudo se granjea la antipatía de la derecha americana– y tendremos todos los ingredientes de un acontecimiento colosal.

Comencemos con los diplomáticos. Los funcionarios del Vaticano reciben la parte de críticas que les corresponden, entre otras las del propio Francisco, pero de sus filas forman parte unos inteligentes funcionarios de alto nivel, encabezados por el asesor principal del Papa, el cardenal Pietro Parolin, que tienen la experiencia de trabajar en silencio en pro de la paz y la justicia social en algunas de las partes más peligrosas del mundo.

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Cuando semejante diplomacia brillante se pone al servicio de un Papa atrayente e influyente, por no hablar de los 1.200 millones de católicos del mundo entero, el resultado es un motor para hacer el bien que es más formidable que nada de lo que el mundo ha visto en algún tiempo.

Las anécdotas sobre Francisco –desde su propensión a hacer llamadas de teléfono personales a los afligidos hasta su decisión de lavar los pies a delincuentes, musulmanes y mujeres (para horror de algunos hombres de la Iglesia)– parecen auténticas. Semejantes actos de nobleza elegante han contribuido a su reputación de dirigente amable, cercano, carismático y decidido y que ha resultado muy atrayente en todo el mundo.

Mi experiencia personal con Francisco indica que su reputación es muy merecida. Aunque, con mis 71 años, puedo ser un poco viejo para caer en la adoración de héroes, no recuerdo una figura pública que me haya seducido tanto. Encarna el mensaje, transmitido en el relato del Evangelio de San Mateo del Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia” (Mateo 5:6).

La autoridad moral que Francisco rebosa hace que sus intervenciones sobre asuntos contemporáneos controvertidos –como, por ejemplo, su condena del genocidio armenio, la violencia yijadista islámica, la delincuencia de la mafia y la corrupción en Italia y las muertes de migrantes africanos y del Medio Oriente en el Mediterráneo– extraordinariamente potentes. Antes de su visita a los EE.UU. y durante ella, sus opiniones sobre esos tres asuntos –ninguno de los cuales deja de ser polémico en los EE.UU.– tendrán repercusiones particularmente fuertes.

En primer lugar, Francisco está contribuyendo a poner fin al punto muerto entre los EE.UU. y Cuba que ha durado varios decenios. No sólo desempeñó el cardenal Parolin, ex representante del Vaticano en Venezuela, un papel fundamental en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los EE.UU. y Cuba, sino que, además, Francisco se propone visitar la isla en su viaje camino de los EE.UU.

Pero el deshielo en las relaciones entre los EE.UU. y Cuba no ha sido acogido con beneplácito por todos los políticos de los EE.UU. De hecho, pese al patente deseo del Presidente Barack Obama de poner fin a esa absurda congelación diplomática, algunos políticos derechistas de los EE.UU. preferirían, al parecer, un paria a un posible socio ante la costa de la Florida.

El segundo asunto fundamental que Francisco abordará tiene que ver con el conflicto entre Israel y Palestina, muy delicado para los EE.UU., el más importante aliado de Israel. El Vaticano ha anunciado su intención de firmar un tratado en el que figure el reconocimiento de un Estado palestino. En vista de la larga ejecutoria de Francisco en cuanto a amistad con los judíos y comprensión de su religión y su cultura, ningún político israelí podría condenarlo por antisemita.

No obstante, en algunos sectores de la clase política dirigente americana, Israel –en particular el Primer Ministro, Benyamin Netanyahu y su Partido Likud– está siempre libre de culpa. Un senador de los EE.UU. me dijo en cierta ocasión: "Aquí todos somos miembros del Likud”.

El tercer asunto –el más arduo para algunos políticos americanos, en particular los más conservadores– es la reciente encíclica de Francisco sobre la buena gestión medioambiental, el cambio climático y el desarrollo económico sostenible y justo. Está claro que se propone poner toda la influencia moral de su papado al servicio de las gestiones para la consecución de un acuerdo sobre el cambio climático en la conferencia de las Naciones Unidas que se celebrará en París en el próximo mes de diciembre. Está claro que la reciente declaración de Obama sobre las emisiones de dióxido de carbono está muy en consonancia con la encíclica.

Sin duda Francisco abordará ese asunto cuando se dirija al Congreso, el 30 por ciento de cuyos miembros –incluido el Presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, republicano– son católicos. En vista de que varios de los destacados candidatos al nombramiento del candidato republicano a la presidencia –incluidos Jeb Bush, Marco Rubio y Bobby Jindal– también son católicos, la firme posición de Francisco sobre el cambio climático puede crear un grave dilema político a algunos.

Ya algunos de los elementos más conservadores de la política americana –respaldados por quienes, como los multimillonarios hermanos David y Carles Koch, se benefician de la falta de medidas contra el cambio climático– están intentando denunciar las opiniones de Francisco. Mientras que la Iglesia Católica en tiempos intentó reprimir la ciencia y la razón, muy en particular en su condena de Galileo, ahora las defiende, mientras que los políticos conservadores de los EE.UU. niegan los datos. El Papa está de parte de la razón, además de la de los ángeles.

En 1891, el Papa León XIII publicó Rerum Novarum, encíclica sobre los derechos de los trabajadores que impugnó fundamentalmente la posición política y el método de formulación de políticas de entonces. Francisco espera tener repercusiones similares en la actualidad, al contribuir a catalizar las medidas contra el cambio climático. De ese modo el mundo podrá alcanzar –ésa es la esperanza que abriga– un crecimiento sostenible que mejore la suerte de los pobres y al tiempo salvaguarde el planeta del que dependemos.

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Francisco, que cuenta 78 años de edad, habla con frecuencia del limitado tiempo que tiene por delante. La mayoría de los católicos rezan para que no sea así. En vista de las repercusiones positivas que un Papa tan carismático y de pensamiento tan progresista puede tener para el mundo, todos debemos compartir esa esperanza.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.