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Machismo político

NUEVA YORK – Hay áreas del mundo que están sufriendo erupciones de hipermasculinidad. El presidente de los Estados Unidos se presenta como una especie de cavernícola que se golpea el pecho, agarra a las mujeres “por el coño” y aúlla como un primate. Un profesor de psicología canadiense, Jordan Peterson, ha atraído incontables seguidores jóvenes hombres al decirles que se pongan derechos, luchen contra los blandengues liberales, reafirmen su autoridad masculina y reinstauren las viejas jerarquías sociales que, cree, son fuerzas de la naturaleza. Peterson es una versión ligeramente más refinada de otro gurú de la autoayuda, Julien Blanc, que causó escándalo hace unos años al afirmar que a las mujeres les gusta que las obliguen.

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Erupciones como esas han ocurrido antes de un modo más políticamente tóxico. En Italia, entre las dos guerras mundiales Mussolini fue el centro de un culto a la masculinidad: el Gran Líder se plantaba en sus botas con las manos firmes en el cinturón de cuero, con el ceño fruncido, pavoneándose con su enorme mandíbula sobresaliente, dominando al pueblo italiano como si fuera una amante sumisa.

Otros líderes fascistas de Europa siguieron el ejemplo de Mussolini. Obsesionados por una sensación de decadencia nacional, de reblandecimiento de sus culturas, buscaron vigorizar a sus pueblos con muestras de masculinidad escénica. La descripción de Hitler de las Juventudes Hitlerianas describe este ideal de manera sucinta: “Rápidos como galgos, fuertes como el cuero y duros como el acero Krupp.”

Los fascistas solían retratar a los judíos como una fuerza perniciosa que amenazaba con socavar el bienestar de las naciones y dominar el mundo a través de sus perversas manipulaciones. Esta imagen, que apenas se disfraza en la retórica de los aspirantes a caudillos, todavía es fuerte en algunas partes de Europa. También los profesionales del odio explotaron un estereotipo del judío como alguien débil, ávido de agradar y literato, imagen opuesta al ideal masculino. Si se extrapolaba la jerarquía del patio del colegio a la sociedad, eran las víctimas naturales de los matones.

La elevación de la violencia y la hipervirilidad no se limitó al mundo occidental. Las formas grotescas del militarismo japonés en los años 30 son bien conocidas, pero no lo que ocurrió en India alrededor de la misma época. Las nacionalistas hindúes radicales fundaron la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), una organización paramilitar nacionalista hindú compuesta por voluntarios que sigue siendo una sólida influencia del gobernante partido Bharatiya Janata. Inspirada en eslóganes de fines del siglo diecinueve como “Carne, bíceps y el Bhagavad Gita”, la RSS emuló a los fascistas europeos al instilar sus propios ideales de disciplina militar en jóvenes hindúes que marchaban en uniformes color caqui.

Si bien las erupciones de hipermasculinidad pueden ocurrir más o menos al mismo tiempo en diferentes partes del mundo, lo hacen por una variedad de razones, como la humillación o el temor a ella. De manera bien comprensible, los nacionalistas hindúes reaccionaban a la vergüenza de la subyugación colonial. Tenían que volverse tan fuertes como sus amos británicos, incluso si esto incluía el hábito ajeno de comer carne vacuna.

Muchos alemanes, especialmente soldados que habían servido en las fuerzas armadas, se sintieron humillados por la derrota en la Primera Guerra Mundial y los duros términos que los aliados impusieron a su país. Querían venganza, no solo sobre los aliados victoriosos, sino también sobre los liberales y judíos que supuestamente les habían traicionado.

Los franceses que fundaron movimientos de extrema derecha radical como Action Française a fines del siglo diecinueve todavía estaban recuperándose de la derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1871. Los intelectuales franceses reaccionarios soñaban con fortalecer su nación. A algunos les atormentaba tanto la idea de una decadencia francesa que saludaron la invasión alemana de 1940 como un golpe necesario que restauraría las virtudes masculinas.

Entonces, ¿qué pasa con el brote actual de machismo político? ¿Por qué en Estados Unidos? ¿Por qué en Europa?

El temor a la humillación tiene muchas causas. Algunos hombres jóvenes se sienten intimidados por las exigencias feministas de igualdad. A pesar de que los puestos líderes de la sociedad siguen en manos de hombres, este supuesto ya no se da por hecho. Una explicación del odio a Hillary Clinton como candidata presidencial era que recordaba a demasiados varones el tipo de jefa que detestaban.

Muchos jóvenes parecen añorar el consuelo de gurúes de la autoayuda que les digan que es natural que los hombres ocupen puestos de liderazgo. Tal vez otros se hayan sentido intimidados sexualmente por el movimiento #MeToo (#YoTambién) y otras aserciones de los derechos de las mujeres.

Otro blanco de la derecha machista es el multiculturalismo, en particular la presencia de musulmanes. El ascenso de las mujeres a puestos de autoridad en las sociedades occidentales va a la par que el aumento de las experiencias exitosas de gente procedente de contextos no europeos. Nuevamente, como los judíos en el pasado, hoy se retrata a los musulmanes como un peligro para la civilización occidental: fanáticos y terroristas.

Pero la verdad es que la mayoría de los musulmanes que viven en Occidente están en una posición de debilidad que les convierte en blancos fáciles de la agresión popular. Y mientras esto ocurre en casa, potencias no occidentales como China se perfilan como amenazas existenciales en el exterior.

Si a Clinton se la veía como a una figura despreciable de poder femenino, Barack Hussein Obama, si bien difícilmente era un blando, representaba todo lo que muchos les molesta: un alto nivel de educación, liberal, con un segundo nombre musulmán y un padre africano. Su presidencia, junto con el ascenso de China, la visibilidad de los inmigrantes no occidentales y los desafíos del feminismo, mostró cuánto ha cambiado el mundo. Y así el pueblo escogió a un presidente alto, rubio, fanfarrón e irrespetuoso con las mujeres que prometía poder cambiar todo a como era antes.

Y, sin embargo, de algún modo, la hipermasculinidad de Trump no convence. A pesar de sus rabietas y bravatas, todavía uno tiene la impresión de que tras esa fachada de machismo exagerado se asoma un pequeño hombrecillo que sabe que ya no controla las cosas.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

http://prosyn.org/AdftQvR/es;

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