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La evolución política

Todas las personas de cualquier lugar quieren una nueva relación con el poder: más autonomía y más respeto. Constituye un reflejo de nuestra época actual, en la que nuevos conocimientos, ideas y posibilidades han enriquecido nuestras identidades, les han dado más fluidez y las han vuelto menos sujetas al destino. Al mismo tiempo, la sociedad de la información y la mundialización han hecho que el nuestro sea un mundo más inseguro, en el que estamos expuestos a riesgos que la política habitual no ha podido abordar.

Como dirigente de un partido político, la idea fundamental para mí en la actualidad es la de facultar a las personas. Un dirigente de partido tradicional dice a sus seguidores: “Podéis confiar en ”. Creo que el futuro para la política progresista estriba en que los dirigentes confíen en los ciudadanos . Es un nuevo tipo de relación.

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En el PASOK, el partido que dirijo, hemos empezado a pensar lo que queremos obtener con la política en sentido práctico y cómo podemos lograrlo de un modo que respete la vida de los ciudadanos. Estamos haciendo cambios en las alturas para abrir nuestro partido a una mayor participación. Tenemos que poner de manifiesto , no ocultar , las diferentes opiniones y concebir nuestros partidos menos como “cuarteles generales de guerra” y más como gabinetes estratégicos o seminarios caracterizados por su respeto de la diversidad.

Las personas pueden verse perdidas con facilidad en el océano de información actual. Siempre buscarán un faro. Pero, żqué son esos faros? En una sociedad de la información serán aquellos en quienes se confíe para que puedan ayudar a interpretar o analizar lo que está sucediendo.

Por eso creo que el futuro para los partidos políticos consiste en crear una cultura del debate, del diálogo y de la comprensión crítica de las cuestiones, en la que las personas puedan contribuir a la fijación de las prioridades de una nación y no se limiten a escuchar lo que los expertos y sus dirigentes les digan sobre lo que es adecuado o no para ellas.

Las cuestiones de gran importancia, como, por ejemplo, la migración, los estupefacientes o el medio ambiente, ya no cuadran en un marco tradicional izquierda-derecha. Por ejemplo, las personas pueden ver la necesidad de compensar las normas medioambientales estrictas con los puestos de trabajo, pero esas mismas personas con frecuencia quieren disfrutar de ambas cosas. Ya no se trata de enfrentar una con la otra. El carácter del crecimiento capitalista nos obliga a adoptar una concepción más holística y encontrar fórmulas para lograr el desarrollo sostenible.

Naturalmente, insuflar más democracia en nuestra vida cotidiana no puede consistir en un debate permanente, sin la adopción efectiva de decisiones. Más bien debe significar que ciertos principios de respeto, consulta y deliberación pasen a formar parte de la vida cotidiana.

En cambio, existe un estilo tradicional de dirección que casi fomenta el miedo y la inseguridad, de modo que pueda aparecer un salvador que diga: “Yo soy quien resolverá esto”. El Presidente George W. Bush proyecta ese estilo muy claramente. Yo me opuse a la política del gobierno de Bush en el Iraq, porque ese tipo de política exterior va asociada a una forma de poder que está resurgiendo, creo yo, en los partidos conservadores de todo el mundo y que proyecta la dirección en forma de ordeno y mando.

Conozco bien esa mentalidad. Cuando fui elegido por primera vez diputado al Parlamento en 1981, la gente me decía: “Ahora, George, tienes que dar un puńetazo en la mesa”. La gente decía que, si no maldices a la oposición y te mueves por ahí en un gran coche negro y con corbata, pareces débil. Por encima de todo, para ser “fuerte”, tienes que dar órdenes.

Me dije: “Voy a tener que actuar de forma más democrática”. Comprendí que iba a tener que esforzarme para comunicar lo que quería lograr. Había toda una tradición política que debía cambiar.

Una parte de mi concepción se refiere al estilo personal, pero también a algo más profundo: la relación entre políticos profesionales y votantes. Evidentemente, llega un momento en que un dirigente debe comprometerse adoptando una decisión, pero se puede hacer de formas que no sean violentas y agresivas, defendiendo los principios de esa nueva relación. Por sí mismo, el poder no tiene principios.

Para que construyamos un mundo más pacífico, próspero y seguro, nuestras sociedades y ciudadanos necesitan más libertad. Pensemos en las relaciones greco-turcas, que se habían endurecido con el peso comprimido de opiniones de las clases dirigentes muy arraigadas en los dos países. Sólo un nuevo planteamiento podía romper el molde de las ideas establecidas.

Con mucha frecuencia en las situaciones de confrontación, las personas y los ciudadanos se habitúan a un juego de suma cero, cuya consecuencia es una dirección autoritaria y militarista. En cambio, en el antiguo gobierno del PASOK contribuimos a crear un marco más positivo, al declarar nuestro compromiso con la labor mediante el consenso, con lo que creamos la base para la confianza y el entendimiento mutuo.

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Los partidos políticos de todas partes deben pasar a ser ahora agentes en pro de cambios similares. En la actualidad, el propio marco del poder –la anticuada jerarquía de los partidos que toma el mando del Estado o de los municipios- es una forma de abuso. Priva del poder a los ciudadanos en su nombre, pero les infunde miedo en lugar de confianza.

No es de extrańar que mi partido esté intentando volver al poder en las próximas elecciones, pero también estamos mirando más a fondo y hacia un futuro más lejano. No recuperaremos el poder, a no ser que ofrezcamos una forma mejor de democracia a largo plazo. En esa empresa, esperamos dar ejemplo al mundo.