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La Casa Dividida en Polonia

VARSOVIA: Los electores pueden ser jueces despiadados. Diez años después de haber guiado a Polonia a la libertad, Lech Walesa recibió menos del 1% de los votos en las elecciones presidenciales del domingo, durante las cuales el Presidente Aleksander Kwasniewski ganó con facilidad un segundo periodo al frente de la administración. Como Mikhail Gorbachev en Rusia, Walesa es ahora un profeta sin reconocimiento –de hecho, invisible– en su propio país. En los años por venir, es probable que tanto a Walesa como a Gorbachev se les reconozca el regalo de libertad que entregaron. Por el momento, el veredicto de los electores es a favor de la complacencia.

Por supuesto, las elecciones presidenciales en Polonia generaron acaloradas discusiones sobre el estado del país; pero para nuestras clases parloteantes la vida es ahora tan agradable que se nos olvidó discutir –u omitimos a propósito– el problema de aquéllos a quienes dejó atrás el tren llamado libertad, democracia y libre mercado.

Según varios cálculos, entre 35% y 50% de los polacos están excluidos de los beneficios de la nueva sociedad polaca. Algunas de estas personas son de edad avanzada o carecen de educación y ni siquiera se dan cuenta de que se les excluye. Pero mi vecino en el campo, quien tiene veinte años de edad, tampoco tiene oportunidades, ni para asistir a la universidad, ni para obtener un empleo decente, ni, incluso, para comprar una rebanada de pizza en el pueblo. El, sin embargo, pertenece a la mitad de los excluidos que sí entienden lo que les está sucediendo y que no tienen ilusiones. Para él, todos los días y los años por venir se ven negros. El sólo tiene resentimiento y rabia contenida.

En ese equilibrio entre “el miedo a caer” y “la esperanza de subir” que Alexis de Tocqueville consideraba como el motor de las sociedades libres, el miedo a haber caido en un abismo sin esperanzas está triunfando y paralizando a millones. Aun aquéllos que afirman ser los representantes de la izquierda evitan hablar sobre la desigualdad y no le ofrecen a los excluidos, como mi vecino, ninguna razón para tener esperanzas.