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El crimen de Polonia contra la historia

JERUSALÉN – Mis padres y yo llegamos a Tel Aviv unos meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. El resto de nuestra familia extendida -tres de mis abuelos, los siete hermanos de mi madre y mis cinco primos- se quedaron en Polonia. Todos fueron asesinados en el Holocausto.

Visité Polonia en muchas oportunidades, siempre acompañado por la presencia de la ausencia judía. Libros y artículos de mi autoría han sido traducidos al polaco. Di conferencias en la Universidad de Varsovia y en la Universidad Jaguelónica de Cracovia. Hace poco fui elegido miembro externo de la Academia Polaca de Artes y Ciencias. Aunque mi conocimiento de la lengua polaca es escaso, la historia y la cultura del país no me son ajenas.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Por estas razones, entiendo por qué el gobierno de Polonia recientemente sancionó legislación sobre cuestiones históricas. Pero también estoy furioso.

Es comprensible que los polacos se vean a sí mismos, básicamente, como víctimas de los nazis. Ningún país en la Europa ocupada sufrió como Polonia. Fue el único país que, bajo la ocupación alemana, vio cómo se liquidaban sus instituciones de gobierno, cómo se desmantelaba su ejército y cómo se cerraban sus escuelas y universidades. Hasta su nombre fue eliminado del mapa. En una repetición de las particiones de Polonia en el siglo XVIII por parte de Rusia y Prusia, el Pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 derivó en la ocupación soviética del este de Polonia luego de la invasión alemana. No quedó ningún rastro de autoridad polaca.  

La destrucción total del estado polaco y sus instituciones hizo que Polonia resultara un lugar ideal para los campos de exterminio alemanes, en los cuales fueron asesinados seis millones de ciudadanos polacos -tres millones de judíos y tres millones de polacos étnicos-. En otras partes de la Europa controlada por Alemania, los nazis tuvieron que lidiar, a veces de una manera extremadamente complicada, con los gobiernos locales, aunque más no fuera por cuestiones tácticas.

Por este motivo es que Polonia tiene razón al insistir en que los campos no se llamen "campos de exterminio polacos" (como hasta el presidente norteamericano, Barack Obama, alguna vez se refirió a ellos por error). Eran campos alemanes en la Polonia ocupada.

Pero el gobierno polaco actual comete un grave error al intentar criminalizar cualquier referencia a los "campos de exterminio polacos". Sólo los regímenes antidemocráticos utilizan esos medios, en lugar de basarse en el discurso público, la clarificación histórica, los contactos diplomáticos y la educación.

La legislación propuesta por el gobierno va inclusive más allá: convierte cualquier referencia al papel de los polacos étnicos en el Holocausto en una ofensa criminal. También se refiere a lo que llama "verdad histórica" respecto de la masacre de judíos en tiempos de guerra en la ciudad de Jedwabne perpetrada por sus vecinos polacos.  

Cuando el historiador Jan Gross publicó su estudio donde establecía que los polacos, no los alemanes, quemaron vivos a cientos de judíos de Jedwabne, Polonia naturalmente sufrió una crisis importante de conciencia. Dos presidentes polacos, Aleksander Kwaśniewski y Bronisław Komorowski, aceptaron los resultados de la investigación y pidieron públicamente el perdón de las víctimas. Como dijo Komorowski, "inclusive en una nación de víctimas parece haber asesinos". Sin embargo, ahora las autoridades sostienen que la cuestión debe volver a examinarse, y hasta exigen que se exhumen las fosas comunes. 

Las opiniones y la ideología del gobierno son una cuestión interna polaca. Pero si pretende disimular o negar aspectos problemáticos de la historia polaca, inclusive quienes se identifican con el dolor de Polonia pueden plantear interrogantes que, en reconocimiento del terrible sufrimiento de los polacos, hasta ahora se pasaron esencialmente por alto. Estos interrogantes no son ni triviales ni están dirigidos al comportamiento de los individuos. Implican decisiones nacionales.

El primer interrogante tiene que ver con el momento del Levantamiento de Varsovia en agosto de 1944. Los polacos con razón señalan que el Ejército Rojo, que había llegado al Vístula, no ayudó a los combatientes polacos y, en realidad, permitió que los alemanes reprimieran a la insurgencia sin obstáculos -una de las medidas más cínicas de Stalin.

Ahora bien, ¿por qué la clandestinidad polaca (Armia Krajowa, o Ejército Nacional), controlada por el gobierno polaco en el exilio en Londres, atacó en ese momento, cuando los alemanes ya se estaban retirando, el este de Polonia ya había sido liberado y el Ejército Rojo estaba a punto de liberar a la propia Varsovia? La explicación polaca oficial es que el levantamiento contra los alemanes también fue un ataque preventivo contra la Unión Soviética, destinado a asegurar que fuerzas polacas, no soviéticas, liberaran a Varsovia.

Eso tal vez explique (aunque obviamente no justifica) la reticencia de los soviéticos a ayudar a los polacos. Sin embargo, las preguntas persisten: ¿por qué el Ejército Nacional esperó más de cuatro años para levantarse contra la ocupación alemana? ¿Por qué no frenó el exterminio sistemático de tres millones de judíos, todos ciudadanos polacos, o atacó durante el levantamiento judío en el Gueto de Varsovia en abril de 1943?

A veces se oyen argumentos sobre cuántas armas mandó -o no mandó- el Ejército Nacional a los combatientes en el gueto. Pero ése no es el problema. La represión alemana del Levantamiento del Gueto de Varsovia llevó semanas; en el "lado ario", los polacos veían y oían lo que estaba sucediendo -y no hicieron nada.

No podemos saber cuál habría sido el desenlace si el Ejército Nacional se hubiera unido a los judíos -no sólo en Varsovia sino en toda la Polonia ocupada, donde había preparado a miles de sus miembros para un posible levantamiento-. Lo que es seguro es que a las SS nazis les habría resultado más difícil acabar con el gueto; es más, sumarse a lo que se consideraba un "levantamiento judío" habría sido una prueba contundente de solidaridad con los judíos polacos. El punto clave es que resaltar la dimensión moral de la decisión de iniciar un levantamiento para impedir que los soviéticos liberaran a Varsovia, ignorando al mismo tiempo el no haber actuado para evitar el asesinato de tres millones de judíos polacos y sumarse al levantamiento del gueto, es algo que, legítimamente, se puede cuestionar.

Esto plantea otro interrogante latente desde hace mucho tiempo. En marzo de 1939, los gobiernos británico y francés sabían que el intento de apaciguar a Hitler había fracasado: después de destruir Checoslovaquia, la Alemania nazi se estaba poniendo en contra de Polonia. Esa primavera, Gran Bretaña y Francia emitieron una garantía para defender a Polonia contra una invasión alemana.

Al mismo tiempo, la Unión Soviética propuso a los británicos y a los franceses un frente unido contra la agresión alemana hacia Polonia -el primer intento de desarrollar una alianza anti-nazi soviético-occidental-. En agosto de 1939, una delegación militar anglo-francesa viajó a Moscú, donde el jefe de la delegación soviética, el ministro de Defensa Kliment Voroshilov, les hizo a los oficiales occidentales una pregunta simple: ¿el gobierno polaco aceptaría el ingreso de tropas soviéticas, que resultarían necesarias para repeler una invasión alemana?

Después de semanas de titubear, el gobierno polaco dijo que no. Según consta, un ministro de gobierno polaco preguntó: "Si el ejército soviético entra en Polonia, ¿quién sabe cuándo se irá?" Las conversaciones entre británicos, franceses y soviéticos fracasaron y unos días más tarde se firmó el Pacto Molotov-Ribbentrop.

La posición polaca es entendible: al recuperar la independencia en 1918, Polonia se encontró en una guerra brutal con el Ejército Rojo, que estaba a punto de ocupar Varsovia. Sólo el respaldo militar francés ayudó a repeler a los rusos y salvar la independencia de Polonia. En 1939, parecía que Polonia le tenía más miedo a la Unión Soviética que a la Alemania nazi.

Nadie puede saber si Polonia habría evitado la ocupación alemana si hubiera aceptado la entrada del Ejército Rojo en caso de una invasión, muchos menos si se podría haber evitado la Segunda Guerra Mundial o el Holocausto. Pero es razonable sostener que el gobierno tomó una de las decisiones más fatídicas y catastróficas en la historia de Polonia. De una manera u otra, su postura hizo posible el Pacto Molotov-Ribbentrop, y el Levantamiento de Varsovia de 1944 provocó la destrucción casi total de la ciudad.  

De ninguna manera esto debería verse como un intento de culpar  a la víctima. La culpa moral e histórica pertenece a la Alemania nazi y, en paralelo, a la Unión Soviética. Pero si el gobierno polaco actual quiere revisar la historia, también deben abordarse estas cuestiones más amplias. Una nación y sus líderes son responsables de las consecuencias de sus decisiones.

Recientemente, visité POLIN, el museo judío en Varsovia, iniciado por el entonces presidente Kwaśniewski. Me impresionó profundamente no sólo la riqueza y presentación de los materiales, sino también la sofisticación y la integridad histórica detrás de todo el proyecto: sin los judíos, la exhibición deja en claro, Polonia no sería Polonia.

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Sin embargo, el museo también muestra el lado más oscuro de esta historia entrelazada, especialmente el surgimiento a fines del siglo XIX y principios del siglo XX del partido nacionalista radical y antisemita Endecja de Roman Dmowski. Un amigo no judío que me acompañó me dijo: "Llegó la hora de construir un museo polaco con un estándar similar".

Mi amigo tiene razón. Pero el gobierno actual de Polonia se está comportando de una manera errónea y también insensata. Como lo ha demostrado la propia Alemania, la mejor manera en que Polonia puede protegerse a sí misma es lidiando con la verdad.