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La filosofía a la cabeza

MELBOURNE – El año pasado, un informe de la Universidad de Harvard hizo sonar señales de alarma, porque reveló que la proporción de estudiantes en Estados Unidos que se gradúan en humanidades cayó del 14% al 7%. Hasta las universidades de elite como Harvard han experimentado una caída similar. Es más, esta tendencia parece haberse pronunciado en los últimos años. Se habla de una crisis en las carreras de humanidades.

No sé suficiente sobre las humanidades en su conjunto como para comentar sobre qué es lo que está causando que las inscripciones decaigan. Quizá se crea poco probable que muchas disciplinas de humanidades lleven a carreras satisfactorias, o a alguna carrera en fin. Tal vez esto se deba a que algunas disciplinas no logran comunicar bien a la gente ajena a estas carreras lo que hacen y por qué es importante. O, por más difícil de aceptar que sea, tal vez no sea sólo una cuestión de comunicación: quizás algunas disciplinas de humanidades realmente se han vuelto menos relevantes para el mundo emocionante y de rápida transformación en el que vivimos.

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Hago mención de estas posibilidades sin pronunciarme sobre ninguna de ellas. Sobre lo que sí sé algo, sin embargo, es sobre mi propia disciplina, la filosofía, que a través de su lado práctico, la ética, hace un aporte vital para los debates más urgentes que podamos tener.

Soy filósofo, de modo que estarían justificados si sospecharan de un sesgo en mi punto de vista. Afortunadamente, puedo apelar a un informe independiente del Instituto Gottlieb Duttweiler (GDI), un grupo de reflexión suizo, para respaldar mi argumento.

El GDI recientemente difundió una lista de los 100 principales Líderes de Pensamiento Globales para 2013. El ranking incluye economistas, psicólogos, escritores, politólogos, físicos, antropólogos, científicos de la información, biólogos, empresarios, teólogos, médicos y gente de otras varias disciplinas. Sin embargo, tres de los cinco principales pensadores son filósofos:

Slavoj Žižek, Daniel Dennett y yo. El GDI clasifica a un cuarto, Jürgen Habermas, como sociólogo, pero el informe admite que él también podría considerarse un filósofo.

El único Líder de Pensamiento Global entre los cinco principales que no tiene que ver con la filosofía es Al Gore. Hay más economistas entre los 100 principales puestos que pensadores de cualquier otra disciplina, pero el economista mejor posicionado, Nicholas Stern, está en la posición número diez.

¿Puede ser verdad que cuatro de los cinco pensadores más influyentes del mundo provengan de las humanidades y 3-4 de la filosofía? Para responder ese interrogante, tenemos que preguntar qué es lo que mide el GDI cuando compila su ranking de Líderes de Pensamiento Globales.

El GDI apunta a identificar a "los pensadores e ideas que resuenan en la infósfera global en su totalidad". La infósfera de la cual se extraen los datos puede ser global, pero también se refiere exclusivamente al mundo de habla inglesa, lo que puede explicar por qué ningún pensador chino está representado entre los principales 100. Existen tres requisitos de elegibilidad: los candidatos tienen que estar trabajando principalmente como pensadores, deben ser conocidos más allá de su propia disciplina y tienen que ser influyentes.

El ranking es una amalgama de muchas mediciones diferentes que incluyen la cantidad de veces que se lee y se sigue a estos pensadores en YouTube y Twitter, y con qué prominencia aparecen en blogs y en la wikiesfera. El resultado indica la relevancia de cada pensador en los países y los diferentes campos temáticos, y el ranking selecciona a aquellos pensadores de los que más se habla y que generan un mayor debate.

Los rankings sin duda van a variar de un año a otro. Pero tenemos que concluir que, en 2013, un puñado de filósofos fueron particularmente influyentes en el mundo de las ideas.

Esto no habría sido ninguna novedad para los líderes atenienses que consideraban que lo que hacía Sócrates era suficientemente perturbador como para condenarlo a muerte por "corromper la moral de la juventud". Tampoco será una novedad para cualquiera que esté familiarizado con los muchos esfuerzos exitosos por llevar a la filosofía a un mercado más amplio.

Está, por ejemplo, la revista Philosophy Now, y equivalentes en otros idiomas. Están los podcasts de Philosophy Bites, muchos blogs y cursos online gratuitos, que están atrayendo a decenas de miles de estudiantes.

Quizás el interés cada vez mayor en reflexionar sobre el universo y nuestras vidas sea el resultado del hecho de que, para por lo menos mil millones de personas en nuestro planeta, los problemas de la comida, la vivienda y la seguridad personal en gran medida fueron solucionados. Eso nos lleva a preguntarnos qué más queremos, o deberíamos querer, de la vida, y ése es un punto de partida para muchas líneas de investigación filosófica. 

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Hacer filosofía -pensar y argumentar sobre ella, no sólo leerla pasivamente- desarrolla nuestras capacidades de razonamiento crítico y así nos equipa para muchos de los desafíos de un mundo en rápida transformación. Quizás ésa sea la razón por la que muchos empleadores hoy son proclives a contratar egresados universitarios a los que les haya ido bien en cursos de filosofía.

Más sorprendente, y más significativa, aún es la manera en la que cursar una clase de filosofía puede cambiarle la vida a una persona. Yo sé a partir de mi propia experiencia que hacer un curso de filosofía puede llevar a los alumnos a ser veganos, seguir carreras que les permitan dar la mitad de sus ingresos a entidades de beneficencia efectivas y hasta donarle un riñón a un extraño. ¿Cuántas otras disciplinas pueden decir lo mismo?