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Paz, no proceso

RAMALA – Los Estados Unidos deben dejar de presionar en pro de la reanudación del proceso de paz palestino-israelí. Podría ser la forma mejor de lograr la paz, paradoja que refleja el enorme desfase entre un proceso de paz y el logro de la paz auténtica.

No nos engañemos: no estoy haciendo una llamada a las armas ni un llamamiento en pro de un alzamiento violento. La paz entre las partes en conflicto al este del Mediterráneo y al oeste del río Jordán se puede –y se debe– lograr mediante negociaciones, pero, si una parte está más interesada en un proceso que en la necesidad de paz, es que algo falla.

Para Israel, una potencia ocupante cuya población disfruta de una autoridad civil democrática y de un PIB diez veces mayor que el de aquella a la que deniega derechos básicos de libertad e independencia, las oportunidades de contar con fotografías que brindan las reuniones con dirigentes palestinos han substituido a la consecución de la paz.

Volver la vista atrás con seriedad para contemplar los diecisiete años transcurridos desde que Yaser Arafat y Yitzhak Rabin se dieron la mano en el césped de la Casa Blanca resulta revelador. El número de asentamientos y colonos judíos ilegales se ha más que duplicado en las zonas ocupadas por Israel en 1967. Los negociadores han analizado todas las posibles soluciones para las cuestiones del estatuto permanente de Jerusalén, las fronteras, los asentamientos, los refugiados y las relaciones económicas. Los dirigentes de las superpotencias mundiales, los funcionarios de las Naciones Unidas, los representantes de las iglesias y decenas de personas de buena voluntad han ofrecido sus gestiones y servicios de buena voluntad para hacer posible la paz. Todo ello ha sido en vano.