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Repensar las instituciones internacionales

OXFORD – Cuando se establecieron las instituciones de las Naciones Unidas y Bretton Woods tras la Segunda Guerra Mundial, hace casi siete décadas, el poder económico y político estaba concentrado en manos de unos pocos países «victoriosos»; lograr consensos sobre cómo restaurar el orden internacional era entonces relativamente fácil. Pero, desde entonces, la gobernanza global se ha tornado cada vez más confusa e obstaculizando los avances en áreas que afectan a todo el mundo.

No solo son más de 190 los países que actualmente forman parte de la ONU; también han proliferado instituciones internacionales con financiamiento público y ni siquiera se ha cerrado una sola institución multilateral desde la Segunda Guerra Mundial. El resultado es una amalgama ineficiente y confusa de mandatos superpuestos.

Mientras tanto, porciones significativas del sistema internacional carecen de financiamiento suficiente para lograr progresos significativos en áreas críticas, un problema que solo empeorará a medida que crezcan las necesidades y expectativas de una población mundial en continua expansión. En este contexto, los avances en temas mundiales –como el cambio climático, los delitos informáticos, la desigualdad del ingreso y la crónica carga de enfermedades– resultan esquivos.

Por cierto, los esfuerzos de muchos organismos con financiamiento público tienen impactos positivos reales y duraderos en el mundo. De hecho, las instituciones internacionales han encabezado grandes avances en una gran cantidad de áreas, que incluyen a la salud, las finanzas, la economía, los derechos humanos y el mantenimiento de la paz. Pero esas instituciones se perciben en gran medida como inaccesibles, ineficientes y opacas, por lo que sufren la desatención de los gobiernos nacionales. A medida que disminuyen su legitimidad y financiamiento, también lo hace su eficacia.