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Partidos y populistas

No corren buenos tiempos para los partidos políticos, especialmente los de orientaciones tradicionales. Lejanos están los días en que en las democracias más antiguas se podía contar con dos partidos principales, uno socialdemócrata y otro más a la centroderecha, que dominaban la escena política.

En las nuevas democracias del mundo poscomunista, estos sistemas bipartitos nunca llegaron a existir. Hoy los dos partidos principales rara vez pueden aspirar a dos tercios del voto popular, y no es infrecuente que tengan que formar una “gran coalición”. El resto de los votos se reparte en varias direcciones, a menos que surja una fuerza política que se abra camino entre las viejas estructuras partidarias apelando a sentimientos socialistas o nacionalistas populares, o una combinación de ambos.

El declive de los partidos refleja el declive de las clases. Han desaparecido el antiguo proletariado y la vieja burguesía. En su lugar, vemos lo que a veces se ha dado en llamar una “sociedad de clase media nivelada”, aunque con una importante elite extremadamente rica en un extremo y una subclase de desposeídos en el otro.

La estructura misma de la sociedad se ha vuelto inestable. No hay grupos sociales sobre los que construir organizaciones duraderas. Las personas son, en cierto sentido, desarraigadas sociales. Esto significa que sus intereses varían a medida que cambian las situaciones. También significa que ya no encuentran un hogar político en los partidos, sino que reaccionan a situaciones, a vagos estados de ánimo y especialmente a todo lo que interpele sus sentimientos, si es que no sus resentimientos.