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¿Padres o Dioses?

El nacimiento de Louise Brown en 1978, y con ella el de la fertilización in vitro (FIV) del ser humano, fue una piedra angular de la ciencia clínica. El método de extraer óvulos de los ovarios de una mujer, fertilizarlos fuera de su cuerpo y transferir el resultante embrión a su útero permitió el tratamiento efectivo de la infertilidad femenina causada por el daño irreversible de las trompas de falopio. Desde entonces, la rápida innovación ha llevado a nuevas aplicaciones para la FIV y a otras tecnologías reproductivas asistidas.

Muchas parejas que padecen de infertilidad utilizan ahora esas tecnologías avanzadas cuando otras opciones " low tech " fallan; asimismo, esas nuevas tecnologías son el tratamiento estándard no sólo para las trompas de falopio dañadas, sino también para formas significativas de infertilidad masculina. Por ejemplo, la inyección intracitoplásmica de esperma es una técnica en la que un único esperma viable es inyectado a un óvulo, permitiendo que ocurra la fertilización incluso en casos en los que hay pocos espermas sanos disponibles. Congelar los embriones no implantados es ahora un procedimiento estándard; la técnica de congelar los óvulos sin fertilizar está en desarrollo.

Erdogan

Whither Turkey?

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Quizá inevitablemente, el acceso a los óvulos y embriones humanos nos permite ahora extender el diagnóstico genético prenatal al embrión preimplantado. En el diagnóstico prenatal convencional es necesario remover células fetales, ya sea del líquido amniótico (amniocentesis) o de la placenta (muestra del villus coriónico, CVS). Ambos procedimientos se ofrecen rutinariamente a las mujeres embarazadas de 35 años de edad o más, para diagnosticar anormalidades cromosomáticas como el Síndrome de Down, o para explorar en busca de fíbrosis quística, anemia falciforme o enfermedad de Tay Sachs.

Sin embargo, tanto la amniocentesis como el CVS implican un riesgo de pérdida del embarazo equivalente a 0.5-1% y, cuando se diagnostica alguna anormalidad, la única opción clínica es dar fin al embarazo. El diagnóstico genético preimplantacional (DGP) es fundamentalmente distinto que su contraparte prenatal. Puesto que el diagnóstico se realiza antes de la implantación del embrión en el útero de la mujer, es posible excluír anormalidades específicas sin necesidad de dar fin a un embarazo ya establecido y en proceso.

Claro está, a las parejas que tienen un defecto genético transmisible o que de otra manera requieren de la FIV se les debería ofrecer la opción del DGP y, si es necesario, referirlas a un centro en el que se realice ese procedimiento especializado. Pero las parejas afectadas genéticamente que no sufren de infertilidad también podrían ser candidatos para la FIV con DGP. Quizá preferirían esta opción en lugar de la concepción natural y el prospecto de un aborto terapéutico resultante de un diagnóstico prenatal convencional.

Pero consideremos ahora un escenario moralmente más complicado: una pareja tiene a un niño concebido naturalmente y afectado por un mal genético que amenaza su vida, mal para el cual la única posible cura es un transplante de médula ósea de un donante adecuado. Comprensiblemente, quizá quieran realizar un DGP para evitar defectos similares en sus futuros hijos. Pero también querrán que se estudie el tejido de tales embriones en busca de un hermano que pudiera servir como donante de médula ósea para su primer niño.

En este caso, se elige un embrión no sólo para evitar una enfermedad congénita y así directamente beneficiar al niño resultante, sino también para producir un niño cuya propia existencia podría proveer una cura para el primer hijo y con virtualmente ningún riesgo para el donante. Los estudiosos de la ética se han enfrentado a tales escenarios y muchos de ellos han encontrado que esa opción clínica es éticamente aceptable. Pero ¿qué sucede si el hijo mayor necesita un riñón? Entre más se exponga al niño donante a un peligro físico, más espinoso se torna el asunto.

La selección del género es otra aplicación potencial del DGP que ha sido muy debatida. La selección de género podría justificarse clínicamente cuando se trata de prevenir la transmisión de un mal relacionado con el sexo, como la hemofilia. Bajo tales circunstancias, la exploración en busca de anemia falciforme no debería ser más controvertida que el uso del DGP. Pero ¿es el DGP éticamente aceptable si se trata de una pareja infértil que sólo prefiere un niño o una niña? Si así es, ¿no sería entonces aceptable "balancear la familia" cuando una pareja fértil que ya tiene tres niños varones tiene grandes deseos de tener una hija, o si una pareja quiere elegir el sexo de su primer hijo?

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Obviamente, se pueden extender preguntas análogas a la selección de muchos otros rasgos que no son esenciales para la salud de la descendencia. No hay respuestas simples a todas estas preguntas.

El objetivo esencial de la medicina es el diagnóstico y la cura de las enfermedades, y la infertilidad es una enfermedad. La extensión del diagnóstico prenatal a un embrión que se encuentra en un laboratorio reducirá, a cambio, la incidencia de ciertos tipos de enfermedades genéticamente transmitidas. Pero las nuevas tecnologías médicas también ofrecen aplicaciones que quedan fuera de tales preceptos convencionales. Como siempre, el rápido avance de la ciencia y la tecnología debe acompañarse de, y ser moderado por una cuidadosa consideración de los usos apropiados que podrían tener las capacidades recién adquiridas.