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Una guerra civil necesaria en Palestina

A pesar de la última tregua, que se negoció a toda prisa, la batalla entre Fatah, de corte nacionalista, y Hamas, de inclinaciones islamistas, parece estar cobrando intensidad. La política palestina, que siempre ha sido autodestructiva, ha llegado a niveles nuevos de conflicto interno, arrastrando a la población al desorden y alejándola de lograr la condición de Estado.

La notable capacidad del movimiento para sabotearse a sí mismo no es nueva. A finales de los 1960, la OLP, encabezada por Fatah, irritó a sus anfitriones jordanos hasta que la expulsaron por la fuerza. Durante los 1970, la OLP participó en la guerra civil del Líbano, con lo que dejó de ser bienvenida ahí. El único punto en el que estaban de acuerdo los líderes políticos de Israel, Siria y Líbano en la década de los 1980 era que había que expulsar a la OLP de este último país. Durante los 1990, la OLP echó a perder su oportunidad de gobernar Cisjordania y la Franja de Gaza, crear ahí un régimen estable y orientado al desarrollo y hacer las paces con Israel.

Tras rechazar un acuerdo con Israel en 2000, Fatah lanzó en cambio una violenta revuelta que perdura desde entonces y que ha destruido la infraestructura que se había construido en los territorios palestinos durante el decenio anterior. Una cantidad enorme de ayuda externa fue robada, se desperdició o se perdió por la violencia innecesaria.

Cuando Yasser Arafat, el perenne líder de la OLP, Fatah y la autoridad palestina, murió, los palestinos tenían en teoría la oportunidad de acabar con esta historia de desastres. Sin embargo, el reemplazo de Arafat, Mahmoud Abbas, era una figura gris y no particularmente fuerte, sin una base real, política o militar, propia.